Luciano Lamberti: «Toda narrativa pasa por un filtro propio»

Con una docena de libros escritos, Luciano Lamberti escribe poesía, cuentos y novelas. Cordobés de nacimiento, el autor se licenció en Letras Modernas por la Universidad Nacional de Córdoba aunque reside actualmente en Buenos Aires donde dicta talleres de escritura creativa y colabora con notas, reseñas y entrevistas para diversos medios. Conversaremos con él sobre Gente que habla dormida (Literatura Random House) volumen que reúne además del libro inédito Pequeños robos a la luz de la luna, El asesino de chanchos y El loro que podía adivinar el futuro. «Cada uno de sus libros es, para mí, un acontecimiento», dijo de él Mariana Enriquez.

Veo que estudiaste en la misma Universidad que Carlos Busqued?
Llegué a la facultad con 18 años y lo primero que se me aparece es un gigante de casi 2 metros con una gorra que decía “El suicidio es una alternativa”. Busqued era oscuro, depresivo y fumador de porros. Para mí era genial (risas). Estuvo conmigo durante todo el cursillo que duraba un mes y medio, que era una especie de ciclo básico de pasar por todas las materias. Cuando terminamos se fue puteando, diciendo que eso no servía ni para escribir, ni para leer ni para nada. Frente a todo el mundo. Un papelón (risas) que también fue muy hermoso. Incluso ganamos unos premios, que los ganaban todos así que no es ningún mérito, pero me acuerdo que lo mío era una poesía y un cuento, y lo de Carlos era un cuento muy loco sobre un padre que recogía gusanos de una parra, una cosa extrañísima y buenísima. Busqued venía de otro palo y nunca se adaptó. Él venía de estudiar Ingeniería, así que Letras le parecía una gansada. Nunca se adaptó así que se fue. No quedamos amigos, pero sí como buenos conocidos. Yo lo iba a visitar y charlábamos un rato, nos pasábamos cosas que escribíamos. Incluso llegué a leer Bajo un sol tremendo cuando lo terminó. Obvio no le pude corregir nada.

¿Cómo te sentís respecto a los premios?
Quiero muchos premios y mucho dinero (risas) Yo pasé de perderlos, a ser jurado de algunos premios, así que ya es un avance.

Hablemos de la autoficción del momento.
Es un tema complicado. Siempre lo charlamos con mis alumnos en los talleres. En principio siempre puteaba con la autoficción porque me parecía que parte de dos ideas falsas. La primera es que es más real aquello que te pasó, o que incluso puede ser más efectivo en términos emocionales. Que si vos contás la historia que tuviste con tu abuelita y la contás tal cual te pasó, el lector va a sentir la misma emoción que vos. Y no es así, porque la literatura es el paso de un lenguaje, que es la realidad, a otro lenguaje completamente distinto, con otras reglas y otros supuestos. Entonces lo importante es que me cuentes “bien” algo. La segunda falsa idea es que creen que es más honesto. Si yo cuento exactamente lo que me pasó, soy más honesto que aquél que cuenta una novela de terror o viajes en el tiempo. Hay un error de concepto. Pongo el caso de uno de mis dioses tutelares, que es Bradbury. El tipo cuenta viajes a marte, pero los cuenta como si fueran recuerdos de su infancia. Lo dice muy bien Borges en el prólogo de Crónicas Marcianas. Para mí toda literatura que esté buena es un poco de autoficción, porque todo pasa por el filtro tuyo, y en todo lo que uno escribe, por más que escriba sobre cosas que no le pasaron, uno está. Porque pasa por tu filtro, tu mirada y tu ojo mental el que está narrando eso. Al mismo tiempo hay cosas realmente interesantes en la autoficción propiamente dicha, por ejemplo Knausgård. Mi Libro Enterrado de Libertella está muy bueno, porque es un libro emocional, intenso y muy bien escrito. Si buscás hay muchos libros que están buenos. Lo que pasa es que para mí la literatura se trata de estar en el lugar del otro, y si yo escribo siempre desde mis valores y lo que yo creo que es el bien, me estoy perdiendo de muchas miradas sobre el mundo. Es siempre: yo, mis amigos, a favor del aborto, en contra de tal cosa. El mismo Carlos Busqued, cuando escribe Bajo este sol tremendo, trabaja el mal. Estrella distante de Bolaños, es una novela sobre el enemigo.

Hablando de emociones, en tus cuentos y novelas, sabés que estás tocándole la emoción al lector.
Por lo pronto lo hago conmigo (risas) Yo trato de causarme emociones y pienso que cierta intensidad de las emociones desde la ficción está buena. Está bueno que la literatura siga ocupando ese lugar. Aunque va decayendo un poco. Ahora todo el mundo escribe pero pocos leen. Pensar la literatura como búsqueda –como lector y como escritor, aunque como lector sea mucho más cómodo y lindo– de algunas emociones y experiencias que yo no puedo llegar a tener, como escapar de zombies por ejemplo, está bueno. Es un poco lo que pasó en la pandemia. Todos estábamos esperando que el mundo se acabe de una vez, para que la vida tenga un poco de sentido y todo siguió igual. Es como una novela de autoficción la pandemia (risas) Todo sigue igual, nada cambia, todo es tan aburrido.

Hablando de la pandemia, ¿pudiste escribir? ¿Cómo la viviste?
Sí, escribí. Hay un depósito en el piso 10 del edificio en donde vivo, que estaba lleno de polvo, azulejos, bolsas de arena, entonces me instalé ahí para estar a solas y escribí 400 páginas de una basura absoluta (risas). Era una novela apocalíptica, pero no hay nada rescatable. Igual me divertí mucho escribiéndola. Yo me acomodé a la pandemia. Empecé a dar talleres online.

¿Cómo etiquetás o definís tu género? ¿Weird fiction, terror, fantástico?
Te juro que no entiendo bien qué es la weird fiction, creo que no entiendo bien sus límites. En mi último libro me sentía un poco raro, porque mezclo realismo, ciencia ficción y terror o fantástico. Me sentí raro mezclándolos, pero después leés a Neil Gaiman, Etgar Keret o incluso a Samanta Schweblin, que en su libro Siete casas vacías logra que lo fantástico, o la torsión de lo real, se de a partir de la locura de los personajes, y no es tan raro como yo sentía.
¿Cómo me defino? Supongo que hay una zona de lo que a mí me interesa ver que es lo que me define, pero tampoco lo sé muy bien, y si lo supiera muy bien, siento que no sería algo muy bueno para mí y no escribiría más, o no escribiría más sobre lo que me gusta. Yo me manejo muy intuitivamente, no es una pose, no es que tengo un plan ni que quiero recortar. Ahora que está de moda el terror, por toda la relevancia de Mariana Enriquez, no es que yo escriba terror porque esté de moda, lo vengo haciendo desde hace mucho. Viste las modas cómo son. En dos meses por ahí ya nadie quiere leer terror o autoficción (risas) Yo voy a escribir lo que me salga y lo que quiera, más allá de que esté de moda o no.

Ya que la nombraste a la Enriquez, ¿cómo te sentís cuando halaga tanto tu obra?
Sospechoso me siento (risas). Me siento muy bien, está buenísimo, obvio. Me tira siempre la mejor de las ondas. Yo soy fan de verla en YouTube, en todas las entrevistas que le hacen y siempre me nombra y eso me levanta el ego por una semana. Yo la admiro mucho a ella, así que está bueno que me elija.

Tu último libro tiene relatos duros, la construcción de los personajes es retorcida.
Stephen King dice algo muy bueno sobre eso. ¿Viste que a King lo acusan de ser el promotor de matanzas escolares? Por eso sacaron uno de sus libros de circulación, Rabia (Rage) que escribió con el seudónimo de Richard Bachman, porque parecía un instructivo para hacer matanzas escolares. Rabia, lo escribió. En su libro Danza Macabra, Stephen King dice: «¿Por qué escribimos terror? ¿Por qué nos asomamos a mirar el accidente?» Cuando sabemos que el accidente es espantoso, que vas a ver los pies emergiendo de la lona. ¿Por qué esa curiosidad? Tiene que ver un poco con la misma razón por la que los griegos veían tragedia. Con hacer catarsis. Con experimentar en mundos controlados y ficcionales, cosas espantosas. Un poco por eso escribo así y a la vez me encantaría escribir “para mis tías” (risas) Ellas tienen un consumo muy distinto de lo que escribo yo, entonces la pasan mal con mis libros. Pasa que la literatura da ciertas posibilidades, que es como decía Becerra en La Feria del Libro: Yo puedo violar a un niño en la literatura, mientras no lo haga en la vida real, está todo bien. Es un horror controlado que experimentás dentro de la ficción que es completamente válido. Por otro lado, para mí la literatura empieza cuando salen las cosas mal. La Biblia empieza cuando se comen la manzana, si no se hubieran quedado muy tranquilos Adán y Eva en el paraíso y no hubiera existido La Biblia. El detonante es cuando empieza el conflicto.

En tu obra se condensa una suerte de universo que en principio parece tedioso y es el horror el que lo viene a rescatar.
Es como el epígrafe de 2666 de Bolaños, que dice: “Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento”. Es de Baudelaire eso.

¿Qué se viene? ¿Qué estás escribiendo?
Estoy escribiendo una novela, pero no puedo contar nada porque si cuento sale peor o la dejo de escribir. La envidio a la Enríquez porque ella puede decir: “Estoy escribiendo una novela de fantasmas”, en cambio yo no puedo contar sobre qué es, de qué va, hasta que no está terminada y veo el todo.

¿Qué leés de literatura contemporánea?
Lean a Diego Muzzio que escribió Las esferas invisibles que es un libro maravilloso y acaba de sacar El ojo de Goliat, que es una novela con psiquiatras y un tipo cuidando un faro en el sur argentino que empieza a tener alucinaciones. Es extraordinario como escribe Diego. Es una persona que se toma el tiempo. Yo valoro mucho eso en la literatura. Alguien que se toma el tiempo para llegar a determinados lugares. Él se lo toma y me parece maravilloso.
Después hay un montón de escritores argentinos que están trabajando el género antes de que se pusiera de moda. Samanta Schweblin, Tomás Downey, Santiago Craig, Horacio Convertini. Simplemente los divierte eso. A mí, considero que hay algo que me liga con la infancia, pero cada uno lo hará por lo que quiere. Yo me divierto mucho leyéndolo.

Tenemos una tradición de terror muy importante en Latinoamérica, con Horacio Quiroga por ejemplo, y creo que las nuevas generaciones, como vos, la han sabido retrabajar de forma muy personal y diferente. Aunque esté de moda, como vos decís, cada uno tiene su espacio diferente. El terror precisa de ciertas herramientas literarias para llegar a esa emoción que hablábamos antes.
Es mucho más fácil escribir un cuento malo en donde no pasa nada, porque se nota menos (risas) El terror es como el humor o el policial, son géneros que implican cierta estructura delicada y cierto pensamiento previo que está bueno.

Dentro del género, tanto a vos como a Mónica Ojeda se les nota lo poeta. ¿Vas a seguir escribiendo poesía en algún momento?
Me encantaría, pero no me está saliendo. La poesía no es algo como ir a la oficina. No existe algo como: Escriba poesía de 9 a 3 de la tarde. Como dice Borges, somos poetas las 24 horas o no somos poetas. Entonces al menos que la poesía esté en mi narrativa. Yo empecé escribiendo poesía, así que en mis libros siempre trato de que lo que escribo suene bien. Que haya música, que tenga una cadencia, porque ese es también uno de los placeres que encuentro cuando leo algo que me gusta.

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