Gabriela Borrelli: «Me gusta la reivindicación de la oscuridad»

Gabriela Borrelli, escritora, conductora de radio y crítica literaria, es además Licenciada en Letras y locutora. Dicta talleres de lectura y poesía y también colabora en distintos medios gráficos. Ha publicado los libros: Océano, Lecturas Feministas, Hamaca Paraguaya, Si Evita Viviera y la novela Vidrio. Borrelli resulta de esas mujeres para dialogar de lo que sea, es generosa con su conocimiento y lo transmite con tanta pasión que solo resalta su afán de dar a conocer todo lo que sabe.

—Leyendo tu novela Vidrio no puedo dejar de pensar en que hay que ser un “ser de luz”. (Risas)

—Sí, ahora hay que ser un “ser de luz”. No hay que autodestruirse. Hay que cuidarse. Hay que ser flaca, no consumir, ni comer harinas. La autodestrucción no está permitida y está mal vista, fuera de canon. Como si las luchas revolucionarias hubieran virado hacia el cuidado individual del ser humano. Por eso me gusta la reivindicación de la oscuridad. Porque creo que es lo que no ganó. No ganó lo punk. Hay una batalla estética del punk que se perdió.

—El punk, el dark, pospunk que nos acogió en su momento, se perdió como identidad social. La música de ahora no logra algo así. Tenés razón. Me pone triste.

—Vine para que nos pongamos tristes (risas). Está mejor el mundo en algunas cosas, pero en otras sigue igual de mal y hay que reivindicar el derecho a esta triste, tanto como el derecho a ser feliz.

—El rock en todos sus subgéneros puede ir cambiando o desapareciendo, pero la filosofía punk no va a morir nunca porque siempre hay un momento en donde está todo mal y siempre va a haber algo para quejarnos y enojarnos.

—Claro, el punk no puede morir nunca como algo filosófico. Pasa que a nivel estético perdió la batalla. Hoy asistimos a una época de mucho furor estético. Todo el mundo está preocupado por verse bien. Aunque la premisa que tiran sea “no importa cómo te veas” es una mentira. Es una trampa del capitalismo tardío. La falsa diversidad cuando a todo el mundo lo que más le importa en la vida es verse bien. Es que es algo que nadie me lo puede desmentir, porque la cantidad de tiempo que se invierte en “verse bien” es enorme. No me da miedo decirlo porque es algo que sucede y que está. Las explicaciones pueden ser muchas. Puede ser el narcicismo constante de las redes sociales. El entrenamiento de la selfie que tuvo como su paroxismo y su radicalización total en el programa Zoom. A mí lo que más me molesta de Zoom es verme la cara todo el tiempo. Ahora estoy hablando con ustedes, pero por suerte no me estoy viendo la cara (risas) Hay un aforismo de Emil Cioran que me encanta que dice: “Septuagenaria, lady Montague confesaba haber dejado de mirarse en el espejo desde hacía once años. ¿Excentricidad? Quizá, pero únicamente para aquellos que ignoran el calvario del encuentro cotidiano con su propia jeta”. Esa gente que pasa frente a los espejos o las vidrieras y se mira, se arregla y hace poses. A mí me importa estar bien, qué sé yo, pero no voy a entregar mi vida al no veneno de las harinas o a entrenar todos los días. Me parece que hay algo de que hay un poco de temor a decirlo, porque ahora todo es acusación. Y lo mío no es una acusación, es simplemente decir que hay algo estético que gana el mayor tiempo de nuestras vidas. No sé si antes fue así o no. En este momento es muy así.

—¿Vos por qué  escribís?

—La escritura para mí es la comunicación total. Es la mayor comunicación. Es la más certeza y profunda. A mí no me gusta conocer a los escritores que leo. Algunos los amo. Por ejemplo, Consiglio, que lo leo y lo veo y es un tipazo, o María Moreno. Pero después hay gente que prefiero quedarme con lo que me ha ofrecido, sin confundir autor y yo poético. La comunicación que un libro me da, para mí es total, además de ser una felicidad absoluta. En mis libros creo que estoy mucho más fragmentada que cuando me conocés.

—Vidrio es tu única novela.

—Sí, es mi única novela. Yo fui un poco tardía como escritora. Tenía 35 años cuando saqué Océano, con algunos de mis poemas, prosa poética y relatos. Me negaba a escribir y me reivindicaba como lectora. Mi trabajo era difundir literatura, en todo caso también escribir algún ensayo, pero estuve muchos años diciendo que mi trabajo era el de lectora, difusora, divulgadora, crítica, pero no escritora. Océano, entonces, me quedó muy lejos en la mente. Una vez que me reconcilié con eso, con ser escritora, aparecieron la novela Vidrio y los poemas de Hamaca Paraguaya, que los escribí simultáneamente. Hamaca es producto de una residencia de artistas que hice en Entre Ríos.

—Qué interesante lo de las residencias de artistas, ¿cómo fue?

—Sirven mucho las residencias. Estábamos Ariel Cusnir, un artista plástico, Julián D’angiolillo, un cineasta y yo. Iba a ir la cantante Rosario Bléfari, pero al final no pudo. Fueron 3 semanas en una chacra en Entre Ríos, en la que surgieron los poemas de Hamaca Paraguaya. Ahí también, por primera vez, fue que compartí y delineé Vidrio.Así que Vidrio, surge de la residencia y de un taller que hice con Alejandra Zina.

—¿El tema principal de Vidrio es el olvido?

—Sí. Yo quería explorar un gran miedo que era el de emborracharme y no recordar nada. Era un temor que se puede convertir en una de esas dimensiones de la vida que pueden ser tragedia y drama para toda la vida. Por ejemplo, dormirte en un taxi y que te violen y te maten, o ese derecho que parece no tener la mujer de quedar tirada en una calle quebrada de borrachera, como sí se puede ver que le sucede a muchos hombres. Tiene que ver con el derecho de autodestrucción que hablábamos en un inicio de la charla. La idea de la borrachera y del olvido de la borrachera te puede costar la vida, o puede ser una de las noches más felices de tu vida.

—El límite entre tragedia y alegría absoluta se vuelve muy fino.

—Claro. Es una dimensión en donde el límite es absolutamente fino. Esa idea de no tener consciencia. La culpa que genera después eso de “Me olvidé lo que te dije” y qué te dije y por qué lo dije. Al principio la novela se iba a llamar Resaca. Pero después me pareció medio mersa. Apareció la idea del vidrio porque también tenía que ver con el miedo y es algo maravilloso de ver. Canalicé ahí varios miedos. Pero, como bien decís, es una novela fundamentalmente sobre el olvido. Laura se olvidó y todo lo que hace y toda la novela podría leerse como una desesperación por lo que no recuerda.

—Laura vive en ese estado de desesperación de no recordar.

—Totalmente. Laura despierta y tiene un hombre muerto en su cama. Está en la primera página así que no es spoiler. No sabe qué pasó. No recuerda nada. La novela pasa en 30 días y en todo ese tiempo el olvido se va resignificando.

—¿Va a haber una segunda parte?

—No sé. Me lo piden mucho. Igual ahora estoy escribiendo otra cosa. No sé si volvería con Laura. Vidrio tenía un capítulo final que el editor me recomendó quitar, porque pegaba un salto en el tiempo de 20 años y tal vez mi editor pensaba en una segunda parte. Yo soy muy “obediente” con mis editores, así que estuve de acuerdo con sacarlo. Confío mucho y creo en lo que me dicen mis editores y lo tomo sin ponerme mal ¿Ves? Así somos las punks. Obedientes, al final.

—¿Sos una punk obediente? (Risas)

—Con mis editores sí. (Más risas)

—Aprovecho, como anarquista, para destacar tu literatura feminista, porque las reivindica.

—Las principales feministas de este país han sido anarquistas. En mi libro Lecturas Feministas está un poco la historia de las anarquistas y las reivindico mucho. Por más que no militaras en el anarquismo, había una contaminación de las ideas. En Lecturas Feministas yo digo que la literatura feminista se mueve como un virus. Creo que hay una contaminación en lo que se escribe, en el sentido de que aunque no hayamos leído El Quijote, sabemos de qué se trata El Quijote. ¿Por qué? Porque me parece que la lengua está contaminada y me parece que las ideas también. Todo este proceso de derechización absurdo y cruel que está viviendo el mundo, es una contaminación de las ideas de derecha, por no soltar el Siglo XX. Pero en los albores del siglo XX estaban las ideas vanguardistas y las anarquistas. Yo explico mucho de la aparición del peronismo con mi libro. Cómo los intelectuales de izquierda se vuelcan al peronismo, porque era la forma de tener un posicionamiento latinoamericano a esas ideas que venían, y eso estaba todo contaminado y corrido un poco a la izquierda. El anarquismo ahora queda lejísimos de esos albores. O tal vez el anarquismo dio la vuelta y lo anárquico hoy en día es ser “libertario”.

—En una entrevista a Bifo Berardi le dije que los fascistas nos robaron el término “libertario” a los anarquistas.

—Totalmente. Las ideas de derecha se contagiaron. Se contagian, se expanden y se reproducen. Hoy veía en una nota a un pibito en El Chaco que enfrentaba a Capitanich, y lo enfrentaba diciendo que el socialismo que gobernaba le estaba sacando todas las ganancias a los “pobres empresarios” y eso es levantado como un discurso totalmente anti-gobierno o anti-sistema. Pero es como vos decís: Definamos los términos ¿Qué es libertad? Los jóvenes libertarios entienden por libertad una libertad de mercado total.

—Tu militancia y política de vida se transmite a tus libros y a tu trabajo en comunicación y en los medios. Tus dos libros Lecturas Feministas lo muestran claramente.

—El segundo es más un ensayo. El primero es más un compendio o un manual. Yo hacía radio en el 2018, recomendando libros y había pibas que me llamaban y me preguntaban “¿Qué leo? Quiero ser feminista” (risas) A mí me encantó la idea de armar un libro de las lecturas feministas. Por eso son lecturas, no escritos feministas. Yo no le pido nada al escrito. Soy yo cómo leo. Mi lectura y mi recorrido y la perspectiva con la cual miro todo. Acá está Safo (Safo de Mitilene o Safo de Lesbos) y no porque fuese feminista (risas) sino porque no hay ninguna feminista que no se haya encontrado en Safo: “Algunos dirán que lo más hermosos son unas naves, para mí lo más hermoso es lo que se ama”. Eso pudo ser leído en los años 70 como un canto a la revolución armada y en esta época se lee como un canto al lesbianismo, o también puede tener otra lectura, claro está. Cuando estudié Letras, había una profesora de Literatura Griega que decía que Safo no era lesbiana, porque estaba negada (risas) Su teoría era que el lesbianismo de Safo lo había inventado en París, todo el grupete del que escribe María Moreno en El Affair Skeffington. Que Djuna Barnes, Renée Vivien… todas esas, lo habían “inventado”. Se había armado una buena teoría mi profesora (risas) Pero bueno, si leés a Safo está todo ahí. Por eso los dos libros que escribí son la exploración de la creatividad lectora. El lector hace todo. No hay que pedirle al autor que diga demasiado. Son los lectores los que tienen que decir acerca de lo que leen, más que los autores explicar su propio texto.

—Leí que vos a todos tus personajes los llamás con la letra “L” y que es por la serie The L Word. ¿Es así?

—Sí, es por la L de lesbianismo. Laura, Lorena, Luis están atrapados los tres en una historia y me gustó eso de desarmar el deseo, con una lesbiana que se calienta con Luis y lo invita y todo ese fluir. Así que para no dejar dudas del lesbianismo les puse nombres con L a los tres, para que nadie pensara que Lorena o Laura eran menos lesbianas por acostarse con Luis.

—¿De qué se trata lo nuevo que estás escribiendo?

—Son dos libros. Uno es un libro de poemas. Son poemas que leí al aire en la radio. Cuando yo presentaba un tema musical, primero escribía un pequeño poema para presentarlo. Están todos inspirados en los temas que presentaba, pero no voy a develar en el libro cuál era el tema musical que los inspiraba. El otro es una novela con la que estoy hace tiempo ya. Empezó de un modo, pero la escritura te va llevando y va variando un poco. La comencé con la historia de La Negra Coca, que era una tucumana líder de una banda de mecheras. A mí lo de las mecheras me fascina desde siempre. “Alta mechera” pega bien con todo (risas). Ese robo chiquito, silencioso y también eso de meterse cosas en el cuerpo, es algo que me llama mucho la atención. Voy bastante avanzada en la escritura, pero ahora la novela está virando un poco.

—Dejaste Radio Nacional. ¿Dejaste los concursos también? Porque sos una gran gestora de concursos…

—Dejé la radio porque quería escribir y también porque estuve 22 años haciendo radio sin parar y me pareció que ya era un buen momento. Me fui en 2018 de Nacional y lo último que hice fue Las Fuerzas Extrañas durante la pandemia. Me ofrecieron un trabajo en el Área de Literatura del Centro Cultural Kirchner y ya hicimos cosas muy lindas. Me permitió hacer un festival de poesía, que todos los que había en la Ciudad de Buenos Aires no eran muy masivos y multitudinarios, sino más acotados. Ya no estoy en el Futurock Premio Novela, pero quedó Leila Gamba y Federico Vázquez. Igualmente, en Futurock tengo un proyecto de libro, que estoy escribiendo con Julia Rosemberg. Con el Premio Nacional de Poesía Storni, sí sigo.

—Contanos un poco sobre el libro que estás escribiendo con Julia Rosemberg. ¿Cómo es la experiencia de escribir de a dos?

—Estamos investigando juntas. Es un ensayo sobre literatura y peronismo con una perspectiva feminista, para no decir “las escritoras feministas”, aunque sí está basado principalmente en Libertad Demitrópulos, María Granata, María Alicia Domínguez y Luisa Sofovich, que fueron grandes autoras, que la SADE condena después del año 55. A Libertad Demitrópulos, no tanto pero a Luisa Sofovich, una gran escritora, autora de más de 20 novelas, que queda un poco escondida detrás de su marido, que era Ramón Gómez de la Serna, el escarnio que le hace la SADE, igual que a María Granata, es tremendo. Es una perspectiva de escritoras mujeres y peronistas, que por ahí no fueron tan leídas o quedaron en subgénero, no tanto por su condición de mujer, sino mucho más por peronistas.

—¿Aurora Venturini también está?

—Sí, por supuesto. Aurora Venturini, incluso se tuvo que rescatar ella misma a los 85 años. Aurora es la que más explícitamente dice que nunca la publicaron por su condición de peronista. Pero a mí el caso que más me obsesiona es el de María Granata, porque es una poeta de la década del 40 que se vuelve una de las principales activistas –junto con Julia Prilutzky Farny– de las peñas Eva Perón. Después, en el año 55, es la primera Directora mujer del periódico Línea Dura, que era el órgano de resistencia del peronismo, y el medio de difusión por el cual hablaba Perón en el exilio. Luego entra en un período de mucha oscuridad y exilio, durante la presidencia de Arturo Frondizi, pero vuelve en el año 71 publicando el libro Los Viernes de la Eternidad y escribe más de 20 novelas de gauchesca fantástica o ciencia ficción.

—Gauchesca fantástica. ¿Sería como algo de Gabriela Cabezón Cámara?

—¡Totalmente! Lo que tiene Gabriela es que tiene un oído perfecto y escribe con un octosílabo impecable, en cambio la escritura de María Granata es más salvaje. En todas sus novelas tiene una misma obsesión: la eternidad. María Granata está viva, tiene 102 y lo que me obsesiona de ella es que escribió casi todas sus novelas acerca de la eternidad y la está encarnando. Así que el libro que estamos escribiendo con Julia tiene que ver con estas mujeres. Por ahí yo hablo de María Granata y Julia habla del 55 y del anti-peronismo. Julia Rosemberg es una historiadora genial. Es una de las historiadoras que sacó a la luz, fuera de la leyenda y el cuento de Evita, el partido peronista femenino, las Diputadas, las Senadoras y toda la construcción política que hace Eva Perón. Ahora Julia está haciendo todo un trabajo de traer a la luz, la actuación en la Legislatura de las primeras Diputadas y Senadoras. Con el primer voto femenino, no solamente votaban las mujeres, además entraron 9 Senadoras ¡Había más Senadoras en esa época que ahora! (risas) y entran un montón de Diputadas. Todas las intervenciones de esas mujeres estamos investigando. Es un gran laburo.

—Volviendo al tema de los concursos, contanos más sobre el Premio Storni.

—Para poesía existía un solo premio, que es el del Fondo Nacional de las Artes y me parecía que era muy poco. Así que me pareció muy bueno crear otro premio y nombrarlo en honor a  Alfonsina Storni. Ya vamos a lanzar el 3° en el año 2023. A mí me parece algo fantástico. El primer año recibimos 2600 libros de poesía y el segundo, 1600. Es llamativa la baja, pero siguen siendo un montón de libros. Tenemos un equipo de 13 poetas de preselección y en el primer año, había solamente 5, así que imagínate el trabajo que tuvieron, porque leyeron casi 200 o 300 libros cada uno. El primero se lo llevó Silvia Mellado, que realmente fue una autora que sacamos del regionalismo de Neuquén, para ponerla a nivel nacional. En 2022 lo ganó Gabriela Franco, con su libro Por las ramas, y el jurado estaba compuesto por Elena Annibali, Susana Villalba y Mario Ortiz.

—La poesía es un campo muy difícil. Hay que tener mucho criterio.

—Sí, hay que tener mucho criterio. Creo que hay muchos lectores de poesía, lo que pasa es que hay algo de los circuitos en los que se legitima un poeta que son bien diferentes a los de un ensayista o un narrador. Ahora el “like” en las redes sociales, legitima mucho más a un poeta. Hay muchos poetas que tienen miles de likes, que no sé si se hubieran bancado una lectura en vivo, como sólo se podía hacer antes. Entonces también cambió el espacio de legitimación. Esta “leyenda” de la apuesta de las grandes editoriales a la poesía o no, tiene que ver con los espacios universitarios y académicos en donde se legitima. La ciencia literaria es una ciencia muy joven. Aquello que llamamos literatura es muy joven en siglos. Sobre todo la institucionalización. Me refiero a que se estudie en una Universidad y haya una carrera. Primero fue la institucionalización de la Literatura, luego de la Escritura y ahora hay una cátedra de Poesía. De todos modos, creo que lo poético es un poco más escurridizo que el resto.

—¿Te parece que cuesta más la legitimación en la poesía que en el ensayo o la novela?

—Hay un libro que me encanta de Ben Lerner, se llama Odio la poesía. Está mucho más legitimado decir “Yo no leo poemas” que decir “La novela es una porquería”. A nadie se le ocurriría bardear a la novela, pero está legitimado el bardeo social a la poesía. Cada vez menos, afortunadamente. Tal vez gracias a estos espacios de legitimación que se les da a los poetas, en ferias del libro y en festivales literarios. Pero sigue existiendo una diferencia. Un lector que se jacte de lector no diría jamás no leo novelas, pero no leo poesía o yo de poesía no sé nada, sí. La poesía es eso que habita en todo, pero los poemas, en sí, todavía están en discusión  ¿Esto es un poema o no es un poema? Como actualmente pasa con los “instant poet”. Yo por un lado festejo ese ímpetu de que alguien escriba algo así y diga: Esto es un poema. Hay algo en ese ímpetu, de querer entrar en la poesía, que aunque por ahí mañana digan “Lo que escribí es una porquería”, terminan descubriendo que hay un Fernando Pessoa o una Diana Bellessi. Para mí lo que escriben son aforismos, no poemas.

—Como los aforismos de Narosky…

—¡Como los aforismos de José Narosky! ¿Ves? Los “instant poet” siempre estuvieron ahí (risas) Después lo que perdura como “bueno” o “malo” en la literatura, son un conjunto de instituciones que legitiman eso como perdurable o no perdurable.

—Tal vez pasa que la poesía es más cruda, está más desnuda. Anne Carson es otra cosa, que hace justamente una poesía muy confesional.

—¡Claro, es otra cosa!. A mí me encanta Eileen Myles que también es súper confesional, es su propia vida, pero hay algo, un gesto, que se nota. Hay una diferencia entre contar tu vida y hacer de tu vida, poesía. Hay algo en la obra de arte que lo convierte en una obra de arte. No sabemos qué es, pero hay algo que lo convierte en arte y que se nota. A todos nos acontecen tragedias, en mayor o menor medida traumáticas, no hay develamiento en el tema de lo que te pasó…

—Porque no sos un “ser de luz”. (Risas)

—Claro, porque no soy un ser de luz (risas). Todos sufrimos. Hay, obviamente, vidas más tocadas por la tragedia o el trauma, como en el poema de Osvaldo Lamborghini que dice que las cosas obscenas le suceden a los seres buenos. Hay realmente cosas obscenas que pasan en la vida. Pero cómo se cuenta esa obscenidad lo es todo. Yo no soy muy lectora de lo tan traumático, pero a mí lo último que me conmovió muchísimo, de ese estilo, fue El Año del pensamiento mágico de Joan Didion. Era todo tan tremendo, pero había algo mágico, justamente, en lo que ella hace al narrarlo de forma tan hermosa.

—¿Y Pizarnik?

—Pizarnik es una poeta que lo que trafica es la imposibilidad de la palabra ante la tragedia de estar viva. A mí me gustan mucho los autores que “trafican” cosas y que “te meten algo” sin que te des cuenta. En esa cosa tan de la muerte de Pizarnik, yo con los años leí muchas cosas acerca del lenguaje, de la propia escritura de la poesía, no sólo la tragedia personal. Hay una lectura muy divertida que hace Laura Contrera, que se llama a sí misma “activista gorda”, y que dice: “Lo que tenía Pizarnik era hambre en realidad” (risas) Es buenísima la lectura que hace, porque realmente es verdad que Pizarnik tenía una obsesión con su peso y que estaba todo el tiempo tomando diuréticos, calmantes, era súper anoréxica y estaba todo el tiempo preocupada por su fealdad. Hay incluso un artículo que hace Laura sobre eso, en donde muestra los poemas de Pizarnik y los leés y te das cuenta que siempre está hablando de eso, de deshacerse, desaparecer, de la transparencia, del cuerpo, entonces me pareció una lectura súper vital. Redescubrí las palabras que ya había leído desde esa lectura tan diferente.

—¿Vas a seguir escribiendo poesía?

—Sí, pasa que a mí los poemas “me aparecen”. No tengo una constante escritura. Debe ser porque trabajo todo el día con poetas, leo todo el tiempo poesía, es mi actividad cotidiana, tengo un ciclo de poesía quincenal en el CCK, tengo taller, es de lo que vivo… entonces mientras escribo una novela o un ensayo, los poemas me aparecen de vez en cuando. Pero como te conté, se viene otra tríada: otro ensayo, otra novela y otro libro de poesías.

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