Alejandra Kamiya: «La naturaleza es una de mis mayores fuentes de felicidad»

Alejandra Kamiya nació en Buenos Aires y se formó en el mítico taller de Abelardo Castillo y en el taller de Inés Fernández Moreno. Ha publicado los libros Los que vienen y los que se van: historias de inmigrantes y emigrantes en la Argentina (2008); Los restos del secreto y otros cuentos (2012); Los árboles caídos también son el bosque (2015) y El sol mueve la sombra de las cosas quietas (2019). Sus relatos han recibido los siguientes premios: 1º Premio en el Concurso de cuentos Cencosud. 1º Premio en el Concurso de cuentos UCA – SUTERH. 2008. 1º Premio en el Concurso de cuentos de Feria del libro de Buenos Aires. 2009. 1º Premio en el Concurso de cuentos Fondo Nacional de las Artes.(junto con otros dos premiados) 2010. 1º Premio en el Concurso de cuentos Metrovías. 1º Premio en el Concurso de cuentos Max Aub. 2011. Mención en el Concurso de cuentos Fundación Lebensohn. Su estilo estético, en todo aspecto, se lee en su obra y se reconoce en su hablar. Un placer leerla y escucharla. Vean.

—Tus relatos se destacan por apelar a la simpleza, para luego terminar con un final apoteótico, ¿cómo lográs esa habilidad narrativa?

—La simpleza es algo a lo que apunto. Podríamos decir que es como un objetivo. Me interesa la simpleza en general. Incluso estéticamente y espiritualmente. El tema de los finales, no es algo a lo que apunte específicamente. Lo que a mí me interesa más profundamente –como bien destacás–, es la simpleza. El espíritu del relato, mucho más que el juego final.

—Muchos de tus relatos juegan con los personajes y la narrativa, así logran sintetizar una gran historia en tres páginas. Esa no es una tarea simple. Pero además de relatos, ¿acaso escribir una novela?

—Claro, que los relatos sean cortos no los hacen más simples, al contrario, los hace más intensos y de algún modo más complejos. Justamente, ahora estoy pensando en escribir una novela, y siento que tengo demasiado espacio y tiempo. Me siento como un poco perdida. En cambio en el cuento todo es tan acotado, que es como si no tuvieras tiempo para perder. En los talleres siempre digo que escribir un cuento es como ordenar un espacio muy chiquito: Tenés que tener muy pocas cosas, muy importantes, muy bien ordenadas, muy bien presentadas, muy hermosas, poco y muy claro. Cuando tenés un espacio enorme es más complicado, o tal vez es otro tipo de complicación.

—La simpleza y el orden en la estética. ¿Es por herencia cultural? Escribiste algo muy lindo acerca de tu padre de origen japonés: “Mi padre eligió quedarse en esta tierra por mi mamá, y otros motivos. Los busco. Una vez me dijo que se había quedado por el puente que está frente a la Facultad de Derecho en la avenida Figueroa Alcorta, y porque en un bosque del sur (creo que en Bariloche) los árboles que se caen no son retirados sino que se dejan para que formen parte del paisaje. Los árboles caídos también son el bosque”.

—A veces me preguntan acerca de la influencia japonesa, pero cuando uno escribe no conoce realmente la influencia que recibe o sus motivaciones más profundas. Casi todo lo que hacemos tiene muchas motivaciones inconscientes, que por tanto son invisibles. Yo no puedo hablar mucho de mis influencias más que como cualquier lector: a posteriori. Leo algunos de mis escritos y digo “Eso suena bastante japonés” (risas). No es que tenga esa postura para escribir. Intento ser lo más genuina y honesta posible al escribir y tal vez a posteriori es que puedo analizar y reconocer alguna influencia.

—Me parece algo muy rico poder contar con una influencia cultural que pueda transmitirse a veces a tu escritura. ¿Sentís alguna exigencia respecto a eso? ¿Sentís que tenés que escribir haikus?

—(Risas) Realmente no me siento presionada. Yo no hablo japonés, por ejemplo. Sí te puedo contar que estuvimos con el poeta Ariel Pérez Guzmán y con mi papá, traduciendo haikus y para nosotros traducir fue un modo de escribir. Con mi papá hacíamos la traducción y después la íbamos puliendo y a veces nos pasaba de estar meses con un haiku, porque habíamos buscado cada palabra, su sentido y la vuelta especial que le había dado Akutagawa, que era el autor que elegimos. Mi papá me decía: “Sí, está bien traducido, pero, ¿esto es un poema?” Entonces teníamos que volver todo para atrás hasta lograr escribir un poema, y no sólo transcribir y hacer coincidir significados. Por eso lo hicimos entre tres personas, Ariel, mi papá y yo, porque hay que conocer bien el idioma de partida, el de llegada y manejar además el lenguaje poético.

—En tu obra se nota que el lugar, el escenario en donde está escenificada la historia, es lo más estático y los que se mueven son los personajes. Ese manejo del tiempo de los personajes tiene una cadencia y musicalidad muy especial. ¿Sos consciente de que tenés un tiempo muy particular?

—El tiempo es uno de los temas que más me fascina. A veces me quedo como obnubilada, o como tonta, por decirlo de algún modo, frente a algo. Inés Fernández Moreno, una de mis maestras, encontró la palabra exacta, que es “contemplar”, porque no se trata solamente de observar, sino de quedarse como “colgado” viendo algo. A mí, el tiempo me absorbe la mirada. Vos recién decías que en mis relatos el lugar es lo estático, y me acordé de una pequeña anécdota que me gustaría contarles. En el taller de Abelardo (Castillo) una vez nos había encargado a cada uno que diéramos el taller. Manuel Crespo habló de Faulkner, Ariel Guzmán habló de la poesía y yo hablé de literatura japonesa. Vino Silvia Iparraguirre para compartir el taller y nos quedamos muchísimo tiempo conversando, y en un momento hablábamos de lo contingente y lo perdurable. Recuerdo que estábamos leyendo un poema y yo hablé de un hombre que va a un bosque. Pasó algo que me llamó muchísimo la atención, porque yo dije: “¿Qué es lo perdurable y qué lo contingente?” y Silvia dijo: “Por supuesto el hombre es lo perdurable y lo contingente es el bosque”. Y dije: “Pero para mí es al revés” (risas). Entonces me hizo acordar ahora cuando decías que el escenario es estático y los que se mueven son los personajes. Ahí se ve una idea diferente del tiempo. Yo siento que nuestro tiempo es tan cortito y ridículo, como si fuese un juego de tiempo y eso es lo que me fascina y lo que me quedo contemplando. 

—Cuando me refiero al escenario estático del entorno, es porque pienso en ciudades más que en la naturaleza que es definitivamente muy cambiante.

—Hay simulacros de perdurabilidad en algunos edificios históricos, pero las ciudades también van cambiando.

—Claro, posguerra, movimientos migratorios que hacen que las ciudades también vayan cambiando. Estuve en Villa Ocampo y nos comentaban que del jardín, el 85% de las plantas y árboles eran reposiciones. Que si bien las habían traído el padre de las Ocampo, incluso Victoria misma o el arquitecto Carlos Thays, los árboles y plantas originales habían muerto.

—En Japón hay templos muy antiguos que la gente visita, que tienen tal vez 500 años y son como vos decís, reposiciones, están restaurados y rehechos.

—Te voy a decir dos palabras que me han conmovido de tus relatos: espanto y belleza. ¿Te sirve?

—¡Qué combinación! Por supuesto que me sirve. Son como dos ejes de la vida.

—Este gusto por la austeridad en la vida lo trasladás a tus cuentos.

—Lo intento (risas). Creo que en el pasaje de un libros a otro se nota un poco más.

—Cuando hablabas de otras influencias, más allá de la herencia cultural, desde lo clásico hasta lo contemporáneo ¿Qué leés? ¿Qué hay en tu biblioteca?

—Los clásicos, por supuesto, como base. Contemporáneos estoy más floja. Yo, en general, vivo bastante fuera de la coyuntura. Cuando pienso en clásicos, primero pienso en los rusos, pero es medio subjetivo hablar de “los clásicos”. Hace poco me pasó algo rarísimo mientras estaba ordenando la biblioteca, y es que los ordené por nacionalidad y encontré que tengo muchísimos autores norteamericanos, y si me preguntan, sin dudas diría que no están entre mis favoritos, pero me doy cuenta que me formé muchísimo leyendo norteamericanos. 

—Es que es difícil ordenar la biblioteca. Algunos la ordenan por género, otros por editoriales, vos por nacionalidades… 

—Escuchaba el otro día a María Negroni que decía que los libreros no saben en dónde poner algunos de sus libros, y que eso a ella le encanta porque no le gusta la idea de género como compartimento.

—Del mismo modo que no nos gusta etiquetarnos como personas…

—Totalmente. Por eso yo tengo la biblioteca más o menos ordenada por nacionalidades, pero además tengo un criterio muy ridículo, que es un grupo de libros que son los que quiero tener siempre cerca (risas y aplausos del público que dice hacer lo mismo) Entonces tengo una línea de la biblioteca en donde mezclo todo, pero son los que tienen que estar cerca de mi cama. Y del mismo modo, a otros los quiero tener bien lejos.

—En mi escritorio de trabajo, hay algunos libros que no son de consulta y que igual quiero tenerlos cerca, como si me tiraran buena energía y me dieran empuje.

—Es que los libros finalmente son personas.

— ¡Qué hermoso eso!

— Es que es así (aplausos y risas del público).

—Vamos a otro de los temas de tus libros: la naturaleza. ¿Cuál es tu relación con la naturaleza? ¿Qué es lo que te atrae?

—La naturaleza, aunque suene cursi, creo que es una de mis mayores fuentes de felicidad. Borges lo dijo mejor, sin mi cliché o cursilería. Él iba mucho a la Plaza San Martín y decía que el espíritu se aquieta bajo la absolución de los árboles.

—¿Vos vivís en capital? ¿Salís a la naturaleza?

—Vivo en capital pero tengo mi jardín. Cada vez que puedo salgo y aprovecho para ir al campo. De todas formas, pienso que siempre se puede tener algún tipo de conexión. Creo que no era poco para Borges la Plaza San Martín, porque el espíritu de Borges se aquietaba. Una maceta también te puede dar felicidad, no necesita ser una estancia. No pasa por el tamaño. A Abelardo Castillo, por ejemplo, no le gustaba para nada la naturaleza. Decía algo así como que estaba sucia, que había mucha tierra y estaba lejos de la biblioteca.

—Para terminar ¿Qué se viene?

—Justo en el libro que se viene, que va a salir por Eterna Cadencia, y que va a ser un libro de cuentos, una cosa que noté después de escribirlo, es que había muchos animales. Se llama La paciencia del agua sobre cada piedra. Traje algo para leerles si quieren. Los animales son personajes. Algunos hablan.

(Lectura en voz alta de Alejandra Kamiya de su libro aún inédito, que comparte en exclusiva con el público)

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