Ezequiel Pérez: «Este libro triste me dio muchas alegrías»

Por Lala Toutonian

Finalista del #PremioFundaciónMediféFilba, Ezequiel Pérez fue parte de #EternaSocialClub para hablar de su novela Hay que llegar a las casas. Pérez es un escritor argentino nacido en Villa Ramallo en el año 1987. Docente en la Facultad de Filosofía y Letras de UBA, se especializa en literatura de la época colonial; fue becario del CONICET e integra diversos equipos de investigación con proyectos del Instituto de Literatura Argentina Ricardo Rojas. Hay que llegar a las casas fue finalista del Premio de Novela Futurock y recibió el Premio Especial del Concurso de Letras del Fonda Nacional de las Artes. La novela fue publicada por el sello universitario Libros de UNAHUR de la Universidad Nacional de Hurlingham.

—¿Qué te pareció la apuesta de una editorial universitaria que decidió hacer ficción?

—Que hayan elegido mi libro me pareció una locura (risas), por suerte hay gente loca. La apuesta de UNAHUR por generar ficción, en principio me parece súper interesante. Transito las aulas académicas y a veces el territorio de la ficción es un poco resistido. Tal vez porque es un espacio de mucho riesgo. Se anda en territorio más sólido cuando se editan textos académicos, ensayos, etc. Cuando se edita ficción hay una apuesta editorial, una línea editorial y una decisión que es un riesgo y por eso me resulta bien interesante que un sello universitario apueste por algo así. Que UNAHUR me haya convocado para integrar su colección Transurbana me interesó muchísimo. Primero, porque me interesaba participar de ese espacio generado por un una editorial universitaria. Segundo, porque la colección Transurbana está dirigida por Julián López y me siento muy cómodo con él, fue un honor muy grande que haya elegido mi novela. Así que al principio fue todo alegría y después también.

—Para contar un poco del libro, podemos decir que es una novela que está escrita en primera persona, por un relator al que no le conocemos el nombre. Comienza con el suicidio del hermano y tiene que volver a su pueblo para ese evento. Huérfano de madre, se reencuentra con su padre y los amigos de éste. Todo ocurre a la vera del Paraná. El ritmo de narrativa y estructura que has trabajado es propiamente la que se puede vivir en un pueblo: esa lentitud en los pasajes. Te tomás mucho tiempo para relatar momentos muy destacados con todos los detalles y eso es un gran logro literario. Venís de la academia, ¿es raro eso?

—No sé si es raro y en todo caso no sé tampoco que significaría venir de la academia porque cada uno transita por esos espacios de manera muy particular. Ni siquiera estoy muy seguro de cómo fue y cómo es mi paso por esa institución y tampoco sé cuánto de eso se inmiscuye en la escritura de ficción. Lo que sí sé que ese ritmo del texto, fue un ritmo que me fue surgiendo de a poco y que me fue dado –como bien decís– por la misma construcción territorial que yo estaba haciendo de esa novela. El ritmo, esa cadencia y esa forma de transitar el pueblo, me fue marcando como una especie de sonido de fondo. Un compás que intenté respetar lo mejor posible. Empezó a entrar en tensión con los propios hechos que sucedían en la novela, con el propio argumento. Eso me interesó muchísimo y me sorprendía, trataba de ahondar a medida que iba escribiendo porque tal vez exigía otro tipo de ritmo y eso hacía que de repente todo se me empezara a desarmar, o volverse viscoso, difícil de transitar. Así que tenía que trabajarlo mucho para que pudiera ser dicho del mejor modo posible y lograr acercarme a eso que quería decir, con ese ritmo y con esas palabras.

—Y con esos diálogos cortitos que son tan buenos conectores con la historia que venís arrastrando.

—Con esos diálogos rápidos y cortitos, que yo buscaba que en realidad no dijeran nada, o que dijeran muy poco. Por lo general, si ves los diálogos en la novela, son algo así como: “Servime un poco más” o “Destapate otro”. Son intervenciones, que lo que hacen es marcar el ritmo de la novela, que va pasando por la percepción del narrador.

—Es una novela realista que puede ser de misterio pero también de terror, ¿o no?

—No estoy seguro. Es muy difícil escribir una novela de género. Me parece que el género –o la apuesta de género–, es una apuesta de lectura. En todo caso no es algo que me haya marcado escribir dentro de ciertos géneros, o con reglas que tengan que ver con determinados géneros en particular. En todo caso si la leían como una novela de terror, buenísimo. De hecho hay lectores que me han transmitido que les parece una novela de terror, que transita lo fantástico y coincido. Hay elementos del fantástico, elementos del terror, del misterio, incluso de la novela más realista. Están esos elementos ahí y cada uno lo lee como quiere y le da su impronta.

—El narrador llega a su pueblo natal y comienzan una serie de eventos trágicos, similares a la muerte del hermano. Ahí hay una clave que es el silencio, un silencio cargado de significado.

—A mí me interesa, en el lenguaje literario, esa forma de transitar los momentos en donde el lenguaje empieza a adelgazarse. Como una línea muy delgada que va uniendo personas, y que empieza a transitar ese borde del no decir. Lo que queda después de eso es el gesto. El problema con la literatura, es que no está el tipo atrás haciéndote el gesto, entonces lo tenés que construir. Hubo un episodio en particular, que lo tuve que trabajar mucho para poder llegar a lo que quería hacer. Apenas arranca a la novela, el narrador llega al pueblo y se encuentra con el padre después de mucho tiempo de no haberlo visto. Ahí lo primero que me dije fue: tiene que haber una llegada entre esos cuerpos que se van a conectar. Entonces fui viendo un poco cuál sería la percepción de este narrador, respecto al propio pueblo: las persianas a medio bajar, las paredes descascaradas, etc. Es decir, la percepción de lo que el pueblo era y lo que se actualiza para ese narrador. El tipo tiene que decirle al padre que lo extraña, que lo quiere, que se mató el hermano, que es un momento de muchísima tristeza, pero a la vez no se lo puede decir, o por lo menos a mí me interesaba que no se lo pudiera decir de esa manera. Entonces encontré el modo de buscar algo que tuviera que ver con la gestualidad. Con el decir poquitito, pero que a la vez estuviera presente –de alguna manera–, todo eso que no se dice. Por eso cuando él se acerca siente que el padre tiene olor a mandarinas, que es el olor de su infancia y el diálogo es: “Tenés olor a mandarinas”. Eso es todo lo que le dice. Me parece que lo que busqué, o lo que intenté hacer con ese diálogo chiquito, es traer todo eso que no se dice. Eso que vos tan bien mencionabas, como silencio que está cargadísimo de significaciones. Al no decir, al retraerse, al sostener un tipo de lenguaje que es muy fino, que es está siempre a punto de romperse, de repente dicen con lo que pueden. Dicen con lo que tienen a mano y que pueden traer en ese momento en particular. Esa es un escena que estuve laburándola un montón y que tenía que ver con eso: con construir ese silencio. No que se callaran, porque no me interesaba jugar al misterio, al “no te digo” o “yo sé algo que está en la novela pero no te lo voy a contar”, sino que me interesaba mucho más que el narrador realmente no supiera. De hecho, si hay algo por lo cual se construye el silencio en la novela, es porque yo sabía casi lo mismo que el narrador. No es que estaba guardándome algo de la trama, o algo que de repente iba a aparecer al final. No, en ese momento yo me ponía en la cabeza de este tipo y lo que sabe, y lo que sabía era eso.

—El comienzo de la novela ya da pie a lo que va a venir: “El río se traga la costa, las puertas y las persianas del pueblo”.  Esto tiene desde un simbolismo hasta un significado que va a recorrer todo el libro. Hay que llegar a las casas es también el recorrido de la misma novela. Este llegar no es por la seguridad del hogar.

—La casa no es un lugar seguro en la novela. Es un lugar contradictorio, pero a la vez es un lugar que se va a construyendo a medida que el personaje va volviendo a ese pueblo, porque el pueblo es también su casa. Es un personaje que se fue hace mucho tiempo, entonces, ¿qué hay de casa a eso a lo que vuelve? Ese “Hay que llegar” lo había pensado al principio como un imperativo y es como una especie de grito desesperado. Hay un momento en el cual hay que construir una casa, hay una casa ausente, que se derrumba, que está todo el tiempo rompiéndose, cayéndose, que se desdobla, que se confunde una con otra, que es todo un pueblo la misma casa, y a mí lo que me interesaba era eso: ver el lugar o espacio contradictorio de la casa y la relación del personaje con ese espacio contradictorio.

—¿Cómo construiste los espacios en la novela?

—Un poco tiene que ver con mi propia experiencia al haber vivido en un pueblo muy parecido al de la novela. Me sentía cómodo trayendo ese espacio. También por lo que había leído. Es imposible que después de Juan José Saer, hablar de un pueblo al lado de un río no esté atravesado por su lectura. Es muy difícil. Entonces, está atravesado por ese lugar, o por la construcción de ese lugar. Todo eso estuvo dando vueltas a la hora de construir los espacios del pueblo en la novela. Son espacios que parecieran detenidos en el tiempo, pero que son todo lo contrario, porque están moviéndose todo el tiempo y por ahí circula lenguaje, gestos, información, cuerpos, etc. A mí me interesaba ver, con ese ritmo medio acompasado y lento de la novela, también un ritmo muy alocado del pueblo, porque todo el tiempo la gente está dando vueltas. El pueblo está moviéndose todo el tiempo. Está observando. El espacio de las persianas, es un espacio que me interesa mucho.

—¿Es un libro triste?

—En un punto sí, es un libro triste. En algún punto la pregunta o la cuestión que a mí me interesaba, era cómo hablás con tus muertos. Si tuviera la posibilidad ahora de sentarlo ahí adelante a tu hermano muerto, que se pegó un tiro, ¿qué le decís? ¿Cómo te relacionás con él? ¿Cómo le hablás y cómo lo abrazás y cómo lo tocás? Esa es una pregunta que puede ser muy triste.

—Es una relación entre varones donde el vino juega un papel muy importante porque es un momento de unión. Son cuatro varones que se comunican con pocas palabras pero dicen mucho y la damajuana es la que les suelta la lengua.

—Podemos hacer una tesis doctoral sobre la damajuana (risas). No aparecen marcas, salvo “Domingo Hermanos”, que es un muy buen vino en damajuana. Es el vino que compraba cuando yo era adolescente. La damajuana es un elemento que tengo muy presente en mi adolescencia. Eso es algo autobiográfico (risas). La tengo muy presente en mi adolescencia y con mis amigos. Además, la palabra misma es hermosa. El recipiente es muy importante. La idea de que estuvieran muy concentrados en el recipiente me gustaba porque van y vuelven con la damajuana, la llenan, son cosas que yo también viví. Recuerdo al lechero, también. Me interesaba también que estuviera en la novela  por ese ida y vuelta que tiene que ver con los pueblos. Esa damajuana que vas y llenás y que a la cuarta vez que volvés por más, el del almacén te mira con cara de “Qué rápido que está bajando esto”

—Así como vos antes mencionabas a Juan José Saer, hay algo del terror de Horacio Quiroga y hasta de Los suicidas del fin del mundo, el libro de Leila Guerriero. ¿Coincidís?

—Coincido con las dos lecturas y me encanta que las encuentres asociadas. De hecho, el suicidio en los pueblos es un tema del que obviamente no se habla. Mi primer encuentro con la muerte es a través de un amigo que se suicidó y lo recuerdo como una nebulosa muy extraña, en la cual todo alrededor de repente se calló, hizo silencio. A mí eso me pareció un poco alucinante, que no se estuviera hablando por miedo o por el efecto rebote. Todavía está muy presente esto. En la tele no se habla del suicidio por miedo al efecto que pudiera generar, aunque ahora se está descubriendo que no, que en realidad hay que hablarlo. Así que es un tema tan silenciado que no se sabe casi absolutamente nada de eso. Me interesaba ahondar un poco en ese tema que no se habla. Una de las primeras lecturas de la novela que me llegó de Ramallo –el pueblo en donde nací– era de alguien que no conocía y decía: “Qué bueno que hablaste de este tema, porque de eso acá no se habla casi nada”. Es una lectura que me llegó mucho, porque tenía que ver con una temática que se obvia o se deja de lado, y es algo que afecta sobre todo a los jóvenes en los pueblos. Adolescentes que de repente ven pura desesperanza en el futuro. Un pueblo puede ser una cosa muy hermosa y muy trágica a la vez. Las dos cosas. Ese espacio de contradicción está ahí. Puede ser un lugar en donde te vas a andar en bicicleta y tus viejos no se preocupan porque salgas a la calle y a la vez puede ser el lugar que te agobia, que sentís que no te deja salir, que no sabés qué pasa cuando cruzás la ruta. Esas dos cosas están presentes en el pueblo, en ese espacio. Por eso la temática del suicidio que aparece en la novela, tiene que ver mucho con ese pensar de nuevo esa experiencia.

—Hay una parte de la novela en la que el narrador se acuesta en la cama del hermano y dice algo así como que se siente que queda estancado en el pueblo.

—Siente como si el colchón lo agarrara. Andrés es el que se queda y el otro es el que se va y que carga con cierta culpa. Cuando volvés, sos el que te fuiste. El pueblo pasa, sigue y hay una dinámica que está en funcionamiento y vos sos el que está en Buenos Aires, porque te fuiste. Cuando volvés, traés esa carga. Me parece que ahí está el choque entre esos dos hermanos. Por eso también está la escena de los hermanos cazando, compenetrados en el medio del campo, siendo casi uno con el espacio y en un momento eso se quiebra, uno se va y el otro se queda y el que se queda, termina quedándose para siempre. Volver –para el personaje del narrador–, es también volver a esa dinámica del pueblo y empezar a transitarla corporalmente. Es entrar en ese ritmo de nuevo, con el salamín y el asadito y el chorizo y el vinito y qué sé yo. Volviendo a esa dinámica del pueblo y empezando a recordar algo que tiene que ver con amoldar el cuerpo a una forma, un ritmo, que obviamente en las ciudades no está.

—Hay otra escena en donde vuelve a su cama y encuentra su forma.

—Sí, se encuentra con la forma de alguien que fue. A ver cómo hago para hacer coincidir esto que soy ahora con ese que fui en ese momento, que es otro. Te diría que la novela, casi enteramente, es la búsqueda de este narrador de tratar hacer coincidir a ese que fue en el medio del campo cazando liebres, con el tipo que vuelve de la ciudad.

—¿Qué sentís con esta nominación del Premio Fundación Medifé Filba?

—Yo estoy sorprendido. Gratísimamente sorprendido. Todavía pienso que se equivocaron, pero bueno, no digamos nada (risas). Estoy muy agradecido. La verdad es que para una primera novela, que fue editada en una editorial universitaria, estar nominado a un premio como este, en principio es dialogar o ponerte en charla con otros grosos que admiro y que estaban en lista, que es toda muy buena. Estar en la mesa dialogando con esas personas, ya para mí es un privilegio. Así que lo que siento es alegría, sorpresa y gratitud.

—Esta es la alegría que nos dan los libros tristes.

—La verdad es que me dio muchas alegrías este libro triste.

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