Víctor Goldgel: «Esta es una novela sobre la muerte»

Por Lala Toutonian

Noviembre de #EternaSocialClub fue del #PremioFundaciónMediféFilba. Toda la lista corta fue la protagonista. Este fue el turno de Víctor Goldgel, cuya novela Modesta Dinamita fue una de las finalistas.

Víctor Goldgel nació en Buenos Aires en 1978. Como escritor, es autor de Baquelita (El fin de la noche, 2011) y Cuando lo nuevo conquistó América (Siglo XXI, 2013) que recibió el Premio Iberoamericano-LASA y Premio Casa de las Américas. Es licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires y doctor en Literaturas Hispánicas por la Universidad de California-Berkeley. Su área de especialización es el siglo XIX hispanoamericano. Ha sido becario del Social Science Research Council y de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Ha publicado artículos en revistas académicas de América Latina, España, Estados Unidos y Gran Bretaña. Actualmente se desempeña como investigador y docente en la Universidad de Wisconsin-Madison.  Su última novela es Modesta Dinamita.

—Haciendo un breve resumen de la novela, podemos decir que Modesta dinamita es la historia de Floreal. Estamos en su funeral y allí diversos personajes comienzan a rememorar su vida como imprentero y militante anarquista. La historia transcurre en los años 20 en Buenos Aires. Hay nueve voces en esta novela y cada personaje está creado con una personalidad muy diferente. Esas voces las van contando la historia de esa época, cómo actuaban los anarquistas, la historia del imprentero y los billetes falsos que hacían. La novela está situada en la época en donde llegan al país los primeros anarquistas italianos, españoles y alemanes. El personaje principal es imprentero y anarquista, ¿tenés un corazón anarquista? 

—Creo que podemos encontrar el anarquismo en nuestros corazones, seamos quienes seamos. Por eso hay tantas interpretaciones de lo que significa el anarquismo. En mi caso, escribir la novela fue la oportunidad de hacer una búsqueda o una exploración ligada a mi experiencia habiendo nacido y vivido mucho tiempo en Buenos Aires y a mis curiosidades intelectuales. Creo que en algún sentido, si bien el anarquismo llega con la inmigración europea de finales del siglo XIX y comienzos del XX –aunque también hay muchas formas de periodizar esto– a la vez, uno podría encontrar núcleos vitales anarquistas de muchas maneras y creo que por eso se va reactivando el anarquismo. Mucha gente llega a través de la música y otra llega a través de la reflexión en torno a la propiedad intelectual y de copyright. Hoy en día se sigue articulando esto. Por ejemplo, en los Estados Unidos, la lucha anti-fascista y anti-neonazi, está produciendo muchos anarquistas actuales que se enrolan en las filas para defender lo que estos grupos fascistas o neonazis atacan. Así que creo que tiene muchos avatares. 

—¿Cuánto tiempo te llevó escribirla?

—La novela me llevó mucho trabajo y lo que pueda decir sobre fechas es muy parcial. Me tomó diez años hacerla, así que al comienzo era una cosa, a la mitad era otra y al final terminó siendo una completamente diferente. Significando algo diferente para mí y también en su contexto de publicación. Creo que hay algo de la temporalidad lenta en la escritura, que tiene que ver con el tipo de novela que es y con lo que yo espero que sea una novela que se siga leyendo. Que a lo largo del tiempo siga encontrando lectores.

—¿Sentís que tu novela escapa del canon de autoficción aunque esté narrada en primera persona?

—Lo de la primera persona sería una posible respuesta a la cuestión de la autoficción. Se la podría pensar como autoficción en la medida en que yo me conciba como todos estos personajes. De hecho, la búsqueda con la primera persona y con la narración en presente –a veces a través de lo que serían monólogos interiores y otras veces, con otro tipo de técnicas ligadas–, fue en parte para mí una pregunta sobre una subjetividad expandida. Una de las voces en la novela es el plomo, y ese hacerlo hablar en primera persona como si yo fuera el plomo, me hizo repensar mucho acerca de la subjetividad humana y también no humana. Hay algo de la literatura que nos permite pensar en “otra autoficción”, en otra primera persona e incluso en otra subjetividad.

—¿Cómo trabajaste y pensaste  a los distintos personajes?

—Creo que sobre todo con paciencia (risas). Para llegar a esto hubo mucha exploración, mucha prueba y error, mucha corrección. La novela fue pasando por muchas formas y teniendo una variedad de horizontes y públicos implícitos que yo me imaginaba. En el armado final creo que creció, pero no sé si es una tarea que le pudiera recomendar a alguien, porque tener todos esos personajes, todos esos horizontes me llevó tanto tiempo. Uno a la hora de escribir necesita entrar en calor y una vez que entraba en calor en uno de estos universos, me faltaba todavía volver a todos los demás, y volverlos a hacer arrancar uno por uno, para entrasen en diálogo entre todos. En la novela estoy en diálogo con un montón de textos que me gustaron y me marcaron y que me entusiasmaban mientras los leía. Textos en donde el narrador es un muerto, una cosa o un perro. Hay mucho para nutrirse en la historia de la literatura. No me faltaron modelos. Un poco mi desafío era cómo generar unidad en torno a esa masa siempre creciente de intereses, lecturas, pasiones y diálogos interiores.

—Tomás personajes reales muy importantes como Kurt Gustav Wilckens y Simón Radowitzky. ¿Cómo relacionaste elementos de la verdadera historia que sucedió en Argentina y la llevaste a la trama de la novela?

—Lo mismo que decía antes de la tradición literaria y los miles de modelos de los que uno se puede nutrir, te lo podría decir de otras tradiciones, empezando por la historiografía argentina. Podemos mencionar a Osvaldo Bayer, pero además hoy en día hay mucha gente que todavía está trabajando en la historia del anarquismo y que lo está haciendo muy bien y de manera muy inspiradora. Por ejemplo, Martín Albornoz, que publicó el año pasado Cuando el anarquismo causaba sensación, en la editorial Siglo XXI, o también textos anteriores de Pablo Ansolabehere. Incluso textos que a mí me sirvieron mucho para reconstruir ese universo y que no están necesariamente enfocados en la historia del anarquismo, como Mientras la ciudad duerme de Lila Caimari, de donde saqué un montón de objetos, vehículos, tonos y palabras, que ella fue a su vez tomando de los diarios de la época y otros archivos. O sea que tengo que agradecerle a mis colegas historiadores por filtrar, y también a mi profesión trabajando en la universidad, por darme cierta facilidad para saber en dónde buscar y en qué enfocarme. Dicho esto, escribí una novela, así que hice un uso totalmente libre de estos materiales. Si bien puse a los historiadores como un público potencial, pensando: quiero que todo lo que diga tenga sentido para ellos, en tanto lo que sabemos del pasado es coherente con lo que estoy diciendo, pero que además aparezcan nuevas dimensiones que todavía la historiografía no había descubierto, porque tienen que ver con personajes inventados o encuentros inventados.

—¿También ficcionaste algún personaje real?

—Else Jerusalem, por ejemplo, no es un personaje inventado. Ella nació en Austria y después vivió en Argentina mucho tiempo. Fue una feminista muy conocida en la época, sobre todo en el circuito europeo. En Argentina tuvo una carrera literaria no muy gloriosa pero la tuvo. En la novela, a Else Jerusalem, yo la hago aparecer como amante de Albert Einstein, porque Einstein también estuvo en Buenos Aires, de hecho, estuvieron al mismo tiempo y al parecer vinieron en el mismo barco desde Europa, entonces en ese barco por ahí pasó algo que los historiadores no supieron que había pasado (risas). Es bueno poder entrar en esos huecos y poner una especie de cuña y ver cuánto la ficción puede abrir esa realidad, con el objetivo no de transformar esa realidad, sino casi de enriquecerla, agregándole algún ángulo que antes no tenía. Creo que a la novela, sobre todo ahora, retrospectivamente, la fui pensando más como una exploración o una especie de poliedro exponencialmente cada vez más grande y con cada vez más lados, que termina teniendo muchos capítulos, con muchas voces, pero que además de eso ofrece muchas dimensiones. 

—¿A qué te referís con muchas dimensiones?

—Hay una dimensión que solo le va a interesar a la gente que le gusta la tipografía, la imprenta o la historia del libro. Hay dimensiones que sólo le van a interesar a gente que haya trabajado en el Hospital Borda o que tuvo alguna experiencia ligada a la historia de ese edificio. Hay cosas que sólo le van a interesar a la gente de Buenos Aires, que saben que la avenida Juan B. Justo se inundaba hasta cierto momento. Es la proliferación de ángulos que tiene toda realidad, una vez que uno la empieza a explorar, la que permite que en la novela uno pueda reescribir el pasado o una historia determinada, con otro tempo u otro ritmo. Este ritmo de muchas voces y muchas voces en primera persona, creo que no es un ritmo que tengan otro tipo de escrituras. Para mí la novela de ficción es un género que da mucha libertad, y por eso también te la quita mucho si te la tomás en serio, porque te va imponiendo mientras vas escribiendo, un montón de desafíos técnicos y no solamente técnicos. Es un género que también es bastante demandante al final, de cuentas. Por lo menos tal como me lo tomo yo. El tipo de literatura que en general me entusiasma es una literatura de la exploración más que de la confirmación.

—Como investigador académico te dedicás más a lo real y lo concreto, ¿cómo lo compatibilizás con tu labor de escritor de ficción?

—La verdad es que habría muchas cosas para decir de la relación que hay entre escribir ficción y mi trabajo en la universidad, dando clases de literatura e investigando. No sé si en mi trabajo de investigación académico tengo mayor acceso a lo real y lo concreto. Habría que ver. Yo creo que en la literatura hay un trabajo con lo concreto, con los olores y el tacto, que difícilmente se encuentre en otro tipo de escrituras y que lo real sería bueno definirlo en términos expandidos, acumulando puntos de vistas para considerarlo. En parte, esta es una novela sobre la muerte. La muerte es parte de lo real. Según algunos, es lo más real que existe. Yo de la muerte no sé nada, porque nunca estuve muerto. La muerte se volvió algo mucho más concreto y real para mí, al escribir la novela, en el sentido de que pude habitarla a través de la imaginación, no sólo a través de las tradiciones literarias de personajes muertos o cruzar el Hades o el infierno, sino incluso en mi propia búsqueda de cómo habla un muerto, y además cómo habla un muerto nacido en Buenos Aires, a comienzo del siglo XX, una noche de calor que Buenos Aires está inundada, y cómo habla la nieta, etc. Hay mayor libertad en la literatura en el acceso a lo real y lo concreto, pero en el trabajo académico hay otro tipo de parámetros bastante más definidos, sobre cómo hay que escribir y cómo hay que pasar de una hipótesis a tal vez algo más amplio. Creo que por mucho tiempo no sabía bien cómo combinar estos dos aspectos de mi práctica: el trabajo en la universidad y la escritura de ficción y poco a poco se fue disolviendo esa tensión, porque los modos de pensamiento, exploración y escritura en cada una, son a largo plazo complementarios. Pasa que hay que llegar al largo plazo. Hay que tener la paciencia. En un ámbito literario de escritura de ficción, hay que tener la disciplina para tomar en serio el discurso académico, como un discurso que puede orientar la escritura, y en el ámbito académico, hay que tener la valentía o el coraje de utilizar la imaginación y la libertad más ligadas al arte en general para hacer un trabajo “serio” desde el punto de vista académico. Esa es un poco mi visión de cómo se tocan estos dos mundos.

—¿Lo próximo que escribas, va a tener también este bagaje de historia, investigación y todo el recorrido que has hecho para Modesta dinamita?

—No creo. Cuando empiezo un proyecto nuevo, lo que me entusiasma es que sea diferente al anterior. Es más, cuanto más diferente sea al anterior, más me entusiasma. En parte por la pandemia y el aislamiento extremo de esos primeros meses, profundicé en proyectos que tienen que ver más con pensar la presencia y no tanto la reconstrucción histórica. Igual, esa es solamente una de las dimensiones de Modesta dinamita, aunque esté muy marcada. Pero pensé más en experiencias ligadas más a los sentidos y a la presencia con otros seres humanos. O sea que lo estaría llevando más a un lugar “a flor de piel” y de menor aliento épico o histórico o de abarcarlo todo. Además, creo que a partir de ahora voy a escribir textos más chiquitos, que me garanticen que no me van a llevar 10 años para terminarlos (risas).

—¿Podés adelantarnos algo?

—Entre los proyectos que tengo, uno que se activó mucho durante la pandemia y que me gustaría terminar relativamente pronto, es un texto que tiene que ver con mis experiencias yendo al teatro como espectador. Ahí está eso de “a flor de piel” que te decía y la experiencia directa de estar en ese lugar presente en ese aquí y ahora, pero también tiene una dimensión teórica –y acá entra la pregunta de cómo compatibilizo mis dos mundos– que me parece que me viene del lado académico universitario. En el sentido de que, por ejemplo, me pregunto qué es el aplauso, y me parece que es algo que la mayoría de la gente no se pregunta. No saben la historia del aplauso, la gente aplaude, que es lo importante, pero en los ámbitos académicos en que me muevo, está muy posible esa pregunta. Desde cómo ha sido pensado el aplauso por la antropología, por la psicología, hasta cómo las diferentes disciplinas no se ponen de acuerdo acerca de qué es el aplauso y todas esas cuestiones que no va a quedar plasmadas en el texto como disquisiciones universitarias y académicas, pero que sin embargo van a estar como una aproximación mía a lo que yo creo que es el aplauso. Si yo me pregunto qué es el aplauso, la verdad es que puedo aprender algo abriéndome a todo lo que se haya escrito sobre el tema y no necesito solamente hablar desde el corazón. Por más que al final, esa página dé la sensación de que afloró de mi corazón, es obviamente artificial, como cualquier cosa ligada al lenguaje, porque está articulada a través del lenguaje, que es una cosa bastante arbitraria que usamos para relacionarnos los unos con los otros.

—La presencia de estar como espectador en un teatro y la pandemia, con su aislamiento y sensación de soledad. Vos no estás en el país, pero el corazón siempre está, ¿verdad?

—Siempre está. La verdad es que voy bastante a Argentina. Trato de estar tres o cuatro meses al año, si puedo. El año pasado no pude, porque estuve en Madrid dictando un curso que se llamaba “El arte del presente”, justamente. El título alternativo había sido “El arte de la presencia” pero finalmente quedó “El arte del presente”. Básicamente íbamos con mis estudiantes al cine, al teatro o a una muestra en algún museo o galería y trabajábamos con esa experiencia y también después con lecturas para elaborar. Fue algo muy lindo, sobre todo porque estábamos recién saliendo de la pandemia y para los estudiantes era la primera vez que estaban viajando en mucho tiempo, pero también era la primera vez que estaban en España y la primera vez que veían El Jardín de las delicias. Pensar en el presente como esa eterna primera vez, es algo que da no solamente para gozar, sino también para escribir. Elaborar lenguaje y pensamiento en torno a esa sensación de lo más inmediato y lo más primordialmente presente. Lo que se hace presente por primera vez, de alguna manera. Mi relación con Argentina está marcada por la ausencia, porque paso mucho tiempo afuera, sobre todo acá en Estados Unidos, pero también por la presencia, porque publico libros en Argentina y estuve ahí cuando presenté por primera vez Modesta dinamita. La presentación se hizo en una biblioteca anarquista que aparece en la novela, aunque aparece de otra manera, pero es la biblioteca que me inspiró. Eso –hablando de lo real y lo concreto–, me llevó a algo muy real y concreto, porque una de las personas que estaba escuchando, era un sobreviviente de un campo de detención. Pertenecía a un grupo anarquista y había estado detenido y desaparecido durante la dictadura. Me di cuenta, hablando con él, que yo había descripto en la novela ese campo clandestino de detención, en parte basándome en su testimonio, porque él era uno de los testimoniantes en los juicios. Así que de alguna manera, yo estaba presentándole la novela a alguien que me había dado el lenguaje –sin yo saberlo, porque no lo conocía– para pensar ese lugar en el que yo nunca estuve. Para mí ese es un acceso a lo real y lo concreto diferente que te da la literatura. Esto que yo pensaba que era tomar palabras de aquí y allá, vienen de cuerpos, personas y experiencias, que por ahí se vuelven a cruzar con vos y con tus textos. Hay como una dialéctica entre la ausencia y la presencia y nunca se sabe cuando la presencia va a aparecer, y está bueno estar abierto a esa aparición.

—Debe haber sido un encuentro muy emotivo. ¿Es lo más gratificante que te pasó hasta ahora con la novela?

—La verdad es que cada vez que a un anarquista le gusta la novela yo siento que es una de las cosas más gratificantes. Es gente exigente y gente que no transa fácilmente. Hay todo tipo de anarquistas, pero me refiero a los anarquistas que siguen de cerca lo que pasó en Argentina y cómo se piensa lo que pasó en Argentina en la década del 10, del 20 e incluso cómo se fue reactivando el anarquismo en los 60 y los 70, por ejemplo con Resistencia Libertaria. Si me dicen que les gusta, es algo muy gratificante para mí.

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