Sergio Olguín: «Siempre tuve la fantasía de ser escritor»

FILBA celebra la literatura en la librería Eterna Cadencia 

El autor estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires. Con quince títulos en su haber, Olguín es además periodista y entre sus libros encontramos novelas y cuentos especializados en policiales. Fue fundador de la revista V de Vian,1​ y cofundador y primer director de la revista de cine El Amante. Fue además jefe de redacción de Lamujerdemivida y editor de Cultura de la revista El Guardián. En 2009 obtuvo el Premio Tusquets de Novela por su novela Oscura monótona sangre.
Estaremos hablando de La mejor enemiga (Alfaguara), la cuarta entrega de la periodista más sexy y audaz de la novela policial argentina: Vero Rosenthal.

Hiciste V de Vian, revista que marcó a una generación.
V de Vian era una revista que no tenía ni siquiera una fecha fija de salida. Había que esperarla. Siempre anunciábamos en cada número la fecha de salida, pero jamás respetábamos esa fecha (risas) Salían en promedio cinco números por año. Nosotros éramos totalmente autofinanciados, no teníamos redacción, el teléfono que aparecía era de la casa de mis viejos, no teníamos computadoras, todo era un gran desafío. Los tres fundadores fuimos Pedro Rey, Karina Galperín y yo. Ya en el número 2 se incorporó Claudio Zeiger y a partir de ahí empezó a crecer mucho en cuanto a colaboradores y gente que participaba.

Me gustó algo que leí que dijiste, que las bandas de rock tenían que tocar primero en el boliche antes que tocar en Obras, y que V de Vian era el boliche, que después iban a llegar.
En el caso de V de Vian, la revista era casi de garaje. Se hacía en las casas. Imprimíamos los primeros números en una imprenta en El Cid, que sigue existiendo. Ellos tenían unas computadoras que nos prestaban para tipear las notas. Era algo muy artesanal y además teníamos la conciencia de que esa revista nos servía para mostrar lo que hacíamos. Básicamente publicábamos muchos autores jóvenes y nuevos, pero antes que nada nos publicábamos nosotros mismos. En ese sentido es un equivalente a ir a tocar al bar de tu barrio, que te prestaban el lugar para hacer unos temas, con la intención de ir creciendo. Las revistas crecieron. Tanto V de Vian como El Amante, se fueron posicionando y ocupando un lugar importante dentro del panorama cultural de los años 90.

¿Te imaginaste en ese momento que hoy ibas a estar haciendo todo esto?
Siempre estuvo la fantasía de ser escritor, pero no pensaba que se iba a concretar de una manera muy definida. Si lo pienso en función de mi propia biografía, creo que desde los 10 u 11 años ya jugaba a ser escritor. De alguna manera todo lo que fui haciendo fue en función de trabajar con la escritura. No me veía tanto dedicado a la literatura, pero sí dedicado a la escritura en general ¿Qué quiero decir con esto? Que lo que tuve más claro era que quería ser periodista. Siempre me vi a mí mismo como periodista y la literatura ocupaba un lugar más íntimo, más vinculado con el hobby y la creación personal. De apoco distintas cosas que se fueron dando, distintos momentos de mi propia biografía, fueron empezando a concretar mi relación con la literatura. Fue en La Primera Bienal de Arte Joven, en donde empecé a darme cuenta de que podía, en algún momento, dedicarme a la literatura y a ser escritor. Yo estudiaba Letras, y cuando uno estudia Letras no conoce escritores. En realidad el estudiante de letras pasa mucho más tiempo hablando de los libros que lee, que de lo que escribe, de su producción propia. La Primera Bienal fue encontrarme con gente que dedicaba todo su tiempo mental a escribir sus poemas y narrativa. Había un espíritu creativo y literario que a mí me fascinó, porque era un mundo que yo no conocía.

¿Dejaste el periodismo?
Sí, lo dejé en el 2012 o 2013, después de dos cierres casi sucesivos, que fueron los de Crítica de la Argentina primero y después la revista El Guardián. Fueron dos proyectos en los cuales participé y que terminaron mal, cerraron por distintos motivos y situaciones. A diferencia de Crítica que fue un cierre muy traumático, en el Guardián sí nos pagaron y ese dinero lo usé para otorgarme La Beca Sergio Olguín para Sergio Olguín (risas) para poder dedicarme a escribir ficción y empezar con el tema de los guiones y trabajar en el tema audiovisual.

¿Verónica Rosenthal es tu Hércules Poirot?
Sí, puede ser. Por una cuestión de gusto literario te diría que es más mi Maigret de Simenon.

Es periodista Verónica, como vos.
Esa es una cuestión interesante del personaje. Es periodista como me hubiera gustado ser a mí. En Verónica puse mis propias fantasías periodísticas. Yo empecé a los 17 años a hacer periodista. En ese momento trabajaba en una revista cristiana, que era muy buena y con muy buenos profesionales. Había dos periodistas exiliados de la dictadura uruguaya, y para mí ellos eran “gente grande”, y lo que más me llamaba la atención es que ninguno de los dos querían salir a la calle a hacer notas, entonces me mandaban a mí. Yo no lo podía creer, porque para mí el periodismo estaba en la calle. En ese momento yo me veía un periodista de la calle, con una concepción un poco idealista de que el periodismo puede servir para cambiar el mundo.
Me interesaba el periodismo social, más vinculado con la realidad cotidiana y de un día para el otro me encontré trabajando en el periodismo cultural. V de Vian, me empujó hacia un lugar que no era el lugar al que yo había apuntado en el origen de mi carrera periodística. Como me fue bien por ese lado, seguí haciendo eso: comentar libros, escribir notas sobre escritores, un poco de cine. Ese periodismo que quería hacer inicialmente, nunca lo llegué a desarrollar. No llegué a ser el periodista que yo quería: el de investigar, descubrir cosas, el lector de Rodolfo Walsh, digamos.
Verónica Rosenthal lo consigue. Verónica hace ese periodismo que a mí me gustaba.

En lo audiovisual, ¿hiciste una miniserie?
Cuando salió mi libro La Fragilidad de los Cuerpos, al poco tiempo reservaron los derechos por un año, pero finalmente con la productora La Paloma no se pudo concretar, y sí se hizo con Polka. En ese momento, yo recién estaba empezando con la idea de escribir guiones, pero no tenía mucha experiencia, y me pareció que lo más inteligente era dar un paso al costado y que contrataran guionistas. Hicieron un trabajo que me gustó. Tal vez yo lo hubiera hecho de otro modo, por una cuestión de estilos, pero me gustó porque me parece que rescataron bien el espíritu de la novela. El hecho de que hubiera más de una novela sobre Verónica Rosenthal, obligaba a que se respetaran ciertas características en la serie, porque si eso se cambiaba, se modificaba mucho el comportamiento y la forma de actuar del personaje. Era algo complejo de resolver y me parece que se hizo bien.
La intención de ellos era hacer Las Extranjeras, pero no se pudo hacer por un tema de costos. Ahora está el proyecto para hacer la película Las Extranjeras, pero es distinto porque el guión lo estoy haciendo yo. La producción local la hace Vanessa Ragone, que tiene mucha experiencia en adaptar libros, hizo El Secreto de sus Ojos así que está acostumbrada y fue un trabajo muy creativo el que tuvimos con ella, de ida y vuelta, muy bueno.

¿Cómo vivís el trabajo de guionista?
Es muy difícil adaptar una novela. El trabajo del guionista es totalmente distinto al trabajo del escritor. Hay una mirada de fondo, de cómo se desarrolla la acción, que es muy diferente. Hay muchas cosas que aparecen en una novela que en un primer momento están pensadas para que el lector sienta que está viendo una película, que después a la hora de trabajar en un guion, no se sienten para nada así. La novela tiene trucos que son de escritor, no de guionista. Así que terminé puteándome a mí mismo (risas) Porque yo estaba muy orgulloso de mis diálogos en el libro, pero para el guion no me servían de nada. Lo que funciona en la lectura no funciona igual en lo visual.

Ganaste un premio importante, como es el de Tusquets ¿Qué sentís? ¿Te da orgullo? ¿Es como un antes y un después?
Lo que decía Abelardo Castillo es que los premios son buenos para que te reconozca la familia (risas) que te reconozcan en el sentido de que vean que sos escritor. Del premio Tusquets tengo una anécdota divertida. Yo me enteré unos días antes pero no se lo podía contar a nadie, ni siquiera a mis hijos, y yo me moría por contarles. Un día estábamos comiendo con mis hijos, que en ese momento tenían 11 y 9 años, y les pregunto: “¿Qué dirían ustedes si les digo que papá ganó un premio literario muy importante?” y Santiago, mi hijo mayor, me contesta: “Y… que después de tantos fracasos, un éxito no te viene mal”. 11 años tenía (risas)
Por supuesto que fue maravilloso que me premiara Tusquets, porque yo siempre fui un lector fanático de la editorial. El primer Tusquets que tuve fue uno de Marguerite Duras, no me lo olvido. Así que siempre tuve un vínculo muy especial con la editorial y por eso para mí era EL premio literario que yo quería ganar. Fue una gran alegría y una emoción muy grande.
La repercusión de un premio así, que repercute no sólo acá sino en España y América Latina en general, trae como consecuencia que te sientas “más escritor” después de eso. El escritor es una persona muy insegura en general. Todo el tiempo estás pensando y dudando de qué estás haciendo bien o mal. Un premio te da ciertas certezas y seguridades, que después las podés usar para tu obra.

¿Te da la “Licenciatura en Autor”?
La verdad es que no sé qué es lo que te da la “Licenciatura en Autor”. A mí me ha costado mucho llenar formularios poniendo “Escritor”.

¿En el avión qué ponés?
Siempre ponía “Periodista”. Además a los periodistas los dejan entrar gratis a los museos y a los escritores no (risas) Pero más allá de eso siempre me sentí más periodista y poner “Escritor” siempre me sonaba como muy altisonante, es como poner “Poeta”, me resulta un poco fuerte. Tal vez por ese respeto que uno tiene por los escritores que uno admira, pero llega un momento en donde si los demás te ven como escritor, tenés que empezar a pensarte vos mismo como escritor. Ahí hay algo de narcisismo o ego, que creo que un premio alimenta, pero para bien.

Cuando te presenté, dije “bostero” y vos dijiste “Eso es lo más importante” (risas) Pasaste de ser un hincha de fútbol a ser panelista de televisión en TyC Sports ¿Cómo fue eso?
Fue una experiencia muy linda y divertida de cuatro meses. Me llamó Mariano López, un productor de TyC Sports y me dijo que estaban armando un programa nuevo, que iría los mediodías, con ocho panelistas hablando de fútbol, el típico programa en donde se superponen las voces, se chicanean entre todos. Yo le aclaré de entrada: “Mirá que yo no tengo nada de experiencia televisiva. Mi única experiencia es ir de invitado a programas para hablar de libros”, pero él estaba convencido: “No te preocupés que lo vas a hacer muy bien”. A Mariano le gustan mucho mis libros y tenía ganas de darse el gusto de tener un escritor en su programa y poner otro perfil distinto dentro de los panelistas.
La verdad es que se armó un equipo que era realmente muy divertido. Es muy raro participar en un programa en vivo. Llegás, tenés que ir a vestuario y te sientan en un lugar, te ponen una cucaracha en la oreja y te dicen “Aire” y nadie te indica si tenés que mirar a cámara, a tus compañeros o al frente. El primer día no sabés nada y tenés que ir aprendiendo solo. En realidad hay mucha gente con experiencia, así que me bastó con ir copiándome de ellos. Lo lindo es que nosotros teníamos mucha libertad. Podíamos opinar lo que queríamos.

¿Y vos eras el que hablaba bien?
¡No! Yo era el que hablaba pésimo (risas) Es muy difícil hablar en televisión. Es como hablar subiendo una montaña. Es muy cuesta arriba porque son todos tipos con mucha cancha y experiencia y mucha capacidad para hablar sin parar. Yo trataba de meterme pero en general no podía entrar, porque es como una calesita a la que te subís en movimiento. No se para nunca de hablar en esas dos horas y todos quieren decir y mostrarse y hablar. Es muy digno del teatro de Beckett. Podíamos hablar durante dos horas, como si se jugara el destino del país, acerca de si era conveniente que Boca usara una camiseta amarilla contra River. Ocho personas discutiendo con pasión, con garra, durante dos horas sobre una camiseta amarilla. Así se construye un programa deportivo, y más allá de que gusten o no los programas deportivos, los tipos que están ahí suelen saber muchísimo del tema. Yo era el que menos sabía. El primer mes me iba con una libretita con los nombres de los futbolistas anotados, porque tengo un problema con los nombres ¡Me olvido el nombre de todo el mundo! Estos tipos se saben la formación de Platense en la década del 90. Son personas que tienen mucha formación, están muy preparados y pueden hablar sobre distintos temas. Además, son periodistas.
Yo soy un gran admirador de los periodistas. Esa capacidad de improvisación y de trabajo instantáneo es admirable. En el periodismo escrito se nota menos, pero también existe. El tipo que a las tres de la tarde llega a la redacción y le dicen: “Hubo un golpe de estado en Mozambique, tenés que escribir un artículo” y el tipo a esa hora no sabe absolutamente nada del tema, pero en vez de ponerse nervioso o mal, se va al bar con otros periodistas, indaga en el archivo y después se sienta y escribe y 5 horas después es especialista en Mozambique. Eso a mí me parece admirable. El periodismo deportivo tiene algo de eso, son tipos muy formados, pero que además tienen una capacidad de improvisación enorme. No se va a caer nunca un programa por falta de opinión. Como decíamos en la época de El Guardián, “Nunca un medio salió sin tapa”. Porque siempre está el tema de qué vas a poner en la tapa, pero nunca sale en blanco, siempre algo aparece.
Fue una gran experiencia que me pareció muy divertida. No es que me interesara trabajar en televisión, porque no es lo que más me gusta ni me termina de convencer, pero como hincha de Boca tenía esa fantasía de hablar y opinar como hincha. La televisión era algo para lo que no me sentía preparado y cada día era como un desafío para estar a la altura. No quería tomar la actitud de quedarme callado y que me den la palabra, y después estar diez minutos citando a Camus (risas) Me salía algo cero intelectual. Muy nacional y popular. Si el productor pensaba que iba a tener algo intelectual por invitarme a mí se equivocó fiero (risas). Mi mirada como hincha es visceral. No tengo la mirada del fútbol de Eduardo Galeano, por ejemplo.

¿Hay una mirada intelectual del fútbol?
Hubo todo un cambio. Pep Guardiola o Bielsa en Argentina. Hay otra mirada. Pero para mí, hay ciertas emociones que tienen que ver con la escritura, que están vinculadas directamente con el fútbol. En mis lecturas de infancia o adolescencia, cuando ya no me alcanzaba con leer a Salgari, Louisa May Alcott y Julio Verne, pero tampoco encontraba cómo hacer el paso a la literatura “de adulto”, el paso intermedio fueron las revistas deportivas: El Gráfico y Goles. Ahí escribía un periodista que se llamaba Osvaldo Ardizzone, que ya en esa época era un tipo grande, y yo leía sus notas y me emocionaba. Me acuerdo el comentario que escribió de un partido que Boca ganó 4 a 3 a Chacarita, cuando iba perdiendo 3 a 1. Ardizzone escribió una crónica de la cual recuerdo párrafos con emoción.
Había algo literario que yo encontré en eso, que fue un aprendizaje que después me sirvió incluso para escribir. Me gustaba mucho leer esas crónicas y también disfrutaba muchísimo los relatos de los partidos. Esa emoción que significa contar una historia. Los periodistas de la radio que te iban contando el partido y vos te lo ibas imaginando. Eso era una experiencia muy similar a la de leer un libro. Tengo los recuerdos muy vívidos de estar en el patio de mi casa con la radio.

Me encanta que hayas nombrado a Louisa May Alcott, porque los varones no son muy de nombrarla como literatura de su infancia.
Era una de mis escritoras favoritas. Tengo una anécdota sobre eso. Me gustaba muchísimo, pero nunca leí Mujercitas. No me animaba a comprarlo ni a pedir que me lo compraran. Entonces leí Jack y Jill, Ocho primos, Hombrecitos, pero Mujercitas no lo pude leer jamás. Esos prejuicios de la infancia. Mi mamá me llevaba a una Librería cerca de casa, lo miraba pero me llevaba otra cosa. Siempre lo viví como una falta.

Tus mujeres en tus libros tienen un halo misterioso y es algo que lleva al noir, a la novela policial.
Yo tengo un tipo de personaje que repito mucho. La chica seria, sin mucho sentido del humor, que está en problemas, tiene que resolverlos y despierta mucha fascinación en el mundo masculino que está a su alrededor. Verónica escapa un poco de eso, porque sí tiene un poco de sentido del humor. No sé si lo vinculo tanto con el género policial, pero es un tipo de personaje que repito mucho, casi sin proponérmelo. Pero si lo pienso un poco, sí, tenés razón, las situaciones casi siempre desencadenan en algo que va hacia el thriller.

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