Romina Paula: «Escribir es una necesidad»

Romina Paula es escritora, dramaturga, actriz y directora de cine y teatro. Como directora de teatro ha hecho: El Silencio,  Algo de ruido hace, Fauna, El tiempo todo entero y Teoría King Kong. Como actriz, participó en más de 9 películas. Entre sus libros podemos encontrar: ¿Vos me querés a mí?,  Agosto, Acá Todavía y Archivos de Word. Sentadas en bar de Eterna Cadencia, la conversación fluyó de maravillas, la gente, encantada.

—Hablemos de tu último libro, ¿cuál fue el proceso de Archivos de Word?

—Eran justamente archivos de Word de épocas distintas. Cuando me escribió el editor de Mansalva para ver si podíamos hacer algo juntos, le hablé de todo este material que tenía, compuesto de muchos relatos, cuentos, confesionario, algunos orales, otros escritos, toda una mezcla de textos que podíamos definir como literalmente archivos de Word de diferentes momentos de la vida. Tiene mucho que ver con lo que es para mí el circuito independiente de escritura o publicación. Los ciclos de lectura, que son como un lugar de encuentro, a los cuales he ido y escribía cosas sobre eso, o también un montón de publicaciones, como fue Ñ en su momento. Me pareció interesante hacer una suerte de revisión y Francisco (Garamona) me sugirió que escribiera esa especie de prólogo contextualizando a cada texto, y eso me pareció súper importante para acompañar el título del libro. Cuando tuve que hacer la memoria de qué año, qué se había publicado y cuál había sido el contexto de esos textos, sentí que era como una pequeña cartografía de lo que era escribir en Buenos Aires en los últimos 15 o 20 años y cuáles eran los lugares de circulación y legitimación. Me di cuenta que tenía un poco la voluntad de reconstruir todo eso.

—¿Este es el libro más personal de los que has escrito hasta ahora?

—Varios de los relatos que incluyo en el libro son puramente ficción y muy alejados de mí. Otros, como los de Confesionario, son lo más biográficos del mundo. Así que es un poco de todo. El blog, por ejemplo, es biográfico pero tiene una manija muy extraña de distanciamiento, entonces es personal y no lo es. No diría que es el libro más personal. Todos en algún punto son muy personales.

—Hay una frase en tu libro ¿Vos me querés a mí? que dice “Actuar es matar”. ¿A qué te referías?

—No tengo idea (risas). Fue hace una eternidad. Podría ser la madre de la que escribió eso (más risas). Creo que me refería a actuar en el sentido de accionar y no de performance. Actuar de hacer y no de actuación. Creo que llevar a la acción es matar al deseo.

—¿Por qué escribís? ¿Cuáles son tus necesidades u obsesiones?

—Escribir es una necesidad, claramente. Ahora que ya pasó tanto tiempo, puedo decir que no era sólo un capricho, o al menos es un capricho muy persistente. Me gusta mucho poder intentar nombrar las cosas y contar anécdotas. Me encanta que me cuenten historias y después reproducirlas. Disfruto el modo en que me las cuentan, las palabras, las inflexiones… y también disfruto encontrar el modo de contarlas. Todo el mundo de los relatos, de todo tipo, en el cine, en la vida real, en donde sea que haya relato, es algo que me gusta mucho y disfruto mucho producirlos. Si algo importante me sucede en la vida real, sé que voy a tener ganas de escribirlo.  Me permite vivir con menos angustia.

—La escritura te salva.

—La escritura te salva. Leer y escribir.

—En tu obra hay una oralidad, que hace que surja el deseo de leerla en voz alta, ¿cómo se escribe un texto para ser leído?

—Sobre todo esta novela y Acá Todavía, son en primera persona. Es como un fluir de la conciencia. Tiene esto que decís de una velocidad de pensamiento, que por ahí da una sensación de oralidad. A mí me divierte leerlas en voz alta cuando me invitan. Yo hablo muy rápido y para mí las cosas tienen esa velocidad. Alguna vez he escuchado a alguien leyendo “bien” mi novela y es como que no la reconozco. Tiene que ver mucho con la cadencia. Con la pausa de la solemnidad, te arroja al abismo, no va. Para mí, mis textos tienen una cierta velocidad. Cada texto tiene su modo de ser leído.

—En tus libros la temática más habitual son las relaciones amorosas y familiares, la muerte, el dolor, el duelo… ¿Es así?

—Sí, creo que son los grandes temas que aparecen todo el tiempo. Creo que es todo de lo que está hecha la vida. Yo voy contando cosas que fui atravesando, que me cuentan o veo.

—La vida está muy marcada por la muerte, ¿escribirlo es un poco “sanarlo” de algún modo?

—Sí, me parece como ineludible. La muerte es ese tema tabú en el que no queremos pensar, pero que me parece súper vital. Yo siento, cada vez más, que convivo con los muertos. Me parece que es hermoso en un punto. Creo que estamos de paso en el mundo, y que el espacio está habitado por todos los que han estado antes y los que están por venir. No estoy hablando de ver un fantasma en el ángulo de la habitación. Eso es algo que por suerte no me pasa, porque me moriría de miedo (risas) Pero no sé, creo que es tratar de lidiar mejor con la muerte. A mí me da más pánico la enfermedad que la muerte. Lo complicado en vida. El propio cuerpo vuelto contra ti. Todo eso me da pánico. Me estalla la cabeza. La muerte está muy definida, no ofrece ninguna indefinición. Creo que es cuestión de convivir con lo intangible y tratar de que eso no sea doloroso.

—¿Cómo transitaste la pandemia y la época de reclusión más dura?

—Pensaba justamente en eso. Creo que la pandemia cambió bastante la percepción y la convivencia con la muerte. A eso me refiero, en el mejor de los sentidos, como algo vital. La pandemia fue un gran: “Ah, sí, estamos re de paso. Hay que aprovechar” y no lo digo de un modo liviano, me refiero a lo que para cada uno sea aprovechar. La verdad yo tuve una pandemia bastante amable. Estaba en la casa de mi madre, con mi hijo y mi ex. Sí, rarísimo (risas) Una de esas convivencias “Se hizo lo que se pudo” pero dentro de todo, salió bastante bien. Estuvimos todos saludables y nadie perdió la cabeza. Ya es bastante. Hay algo de la comunión mundial que se sentía, que era como: “Somos todos humanos vivos o a punto de morir” en este momento en el planeta, que me parecía de algún modo saludable. No sé cuánto quedó de esa suerte de conciencia, ahora que ya volvió la vorágine de todo y redoblada. Pero eso de “Vamos a salir mejores” o “Todo va a cambiar para siempre” no sé dónde quedó o cuánto quedó. Igual siento que algo por los bajos fondos se sigue moviendo, pero bueno, ya veremos.

—Los monólogos interiores que usás en Archivos de Word, sobre todo en la parte del blog, ¿son un recurso literario?

—La primera vez que lo hice fue en ¿Vos me querés a mí? Son monólogo y diálogo puro. Salta de un capítulo a otro y es monólogo y diálogo sin didascalia, sin acotaciones. De alguna manera las novelas también son un poco monólogos, porque son en primera persona. Siempre hice en paralelo esto de escribir y dedicarme al teatro, primero actuando y luego escribiendo y dirigiendo, así que para mí viene todo junto, entonces supongo que puede llegar a venir de ahí, aunque las obras que escribo para teatro sean un poco más “literarias”. Un poco raro, ¿no? (Risas)

—Leí en alguna parte que empezabas escribiendo a mano. ¿Es así?

—Fue así. Ahora lo único que escribo a mano es mi diario, por llamarlo de algún modo, es como un cuaderno. Le encontré el placer a escribir en la computadora. Al vínculo de las manos y el tecleo, la hoja en blanco, el subir y bajar. Ahora ya está. Me sigue gustando el fetiche del papel y la lapicera que cargo con tinta, pero ahora todo eso quedó para mi cuaderno.

—¿Cómo es la relación con los nombres que utilizás y cómo vuelven o se van de un libro a otro?

—Yo me olvido de los nombres que les pongo a mis personajes (risas). Así que no hice ninguna relación. Ramón o Andrea se repiten, pero yo no me daba cuenta. Me parece algo inquietante y que me genera cosas. Con Mario me pasa algo parecido como con Andrea. Me hacen algo raro en el cerebro. Los pienso mucho a los nombres, porque me súper importan, pero después me los olvido. Incluso un nombre raro, como Inesia en Vos me querés a mí? no me preguntés por qué lo elegí, porque no tengo una respuesta. Inesia, rarísimo (risas). No conozco a nadie que se llame así. Lo inventé.

—En el prólogo de Archivos de Word destacás mucho el trabajo del editor, ¿cómo te resultó la edición en el resto de tus libros?

—Publiqué cuatro libros con Entropía, así que somos un matrimonio feliz. Creo que es el único matrimonio feliz que pude sostener (risas). Bueno, pude con el teatro y la literatura. Con Entropía mi vínculo ya es como familiar. Ellos son muy obsesivos. Son cuatro editores, leen los cuatro, te dan una devolución los cuatro, así que es todo bien intenso. Es un montón de amor. Yo tomo casi todo lo que me dicen, porque son muy listos, tienen buen gusto, y son mucho más sofisticados que lo que yo escribo, así que está buena su mirada sobre estas cosas y me ayuda mucho. Sus libros son muy cuidados y por eso también publican pocos libros al año. Alguna vez me he encontrado con que me han tachado un párrafo… ¡Epa! ¿Todo un párrafo? Pero después lo charlás y decís: “Que se vaya el párrafo” y te agarra como una adrenalina de “Se va”. Es como sacarte algo de encima. Algo medio Marie Kondo. (Risas)

—En uno de tus libros decís “Escribir es como capturar el tiempo”. Es muy poético y certero, porque algo escrito queda ahí, está siempre presente.

—Creo que tiene que ver con lo que te decía antes de la necesidad de escribir, por ahí también es la necesidad de capturar algo y que quede ahí. Si me cuentan una anécdota que me parece increíble, me da ganas de que esté en algún lugar y que quede, que alguien la lea. Tiene que ver con capturar el tiempo también. Lo escrito es lo más estable que hay.

—¿Tenés ganas de leernos algo?

—Esto es del primer libro que me publicaron, así que va a ser divertido.

(Lectura en voz alta de Romina Paula de ¿Vos me querés a mí?)

–No, yo lo que te quería decir… A ver, esperá, no sé cómo decírtelo, lo estoy pensando ahora, ¿eh? A ver, no, eso. Bueno, nada, que el otro día me quedé pensando. ¿Viste cuando me preguntaste lo del ascensor?

–Sí.

–No, esperá, eso no fue, ¿qué era lo que me habías dicho antes, esa palabra que me molestó, cuál era?

–¿Guachita?

–No. ¿Eso me dijiste?

–Sí.

–No, no era eso, era otra cosa peor.

–No, era guachita.

–¿En serio? ¿Y yo me enojé por eso? No puede ser. Bueno, no importa, la cosa es que me quedé pensando y la verdad que no sé si sirve de algo que te lo diga, pero igual te lo quería decir, que nada, que estuve pensando y que viste que la última vez que nos vimos yo estaba un poco rara, bah, como que me fui poniendo rara, porque estaba todo bien, pero en un momento me puse a pensar y como que me colgué porque es algo que me pasa siempre, y ya sé cuando me empieza a pasar, me doy cuenta y no quiero que me pase, viene y ya sé, es una sensación que ya conozco y trato de combatirla y bueno, en eso estoy, y no es algo de lo que vos te tengas que hacer cargo, es algo más mío en realidad, pero es como que me miro de afuera y me pregunto “¿pero está bien esto que estoy haciendo?”. Me pasa que me pregunto sin querer, si la situación en la que estoy es en la que quiero estar en realidad y bueno, como que después llego a conclusiones, como que tomo decisiones, no digo que esté bien, pero no puedo evitarlo, como que me vienen y bueno, como que el otro día me quedé pensando y la cosa es que pensé que no sé si quiero estar de novia. ¿Se entiende?

–Sí… Bah, no sé. O sea, sí, creo que entiendo lo que me querés decir, pero no sé muy bien a qué viene, tampoco en[1]tendí muy bien el otro día pero nada, pensé que era como una cosa del momento, que te habías ofendido, ni me imaginé que te habías quedado pensando ni que tuvieras toda una teoría al respecto. Igual no entiendo muy bien, nosotros nunca dijimos nada de estar de novios ni nada.

–No, nada, es eso nada más, que quiero que lo sepa. A ver, yo no digo que pienso que vos querés estar de novio conmigo, no digo eso, en realidad ni te lo estoy diciendo tanto a vos, me lo estoy diciendo más bien a mí. Tampoco es algo tan concreto, no sé si puedo explicarlo, no digo que se pueda decidir así, ya sé eso. Es más bien como que me viene, no es que yo lo pienso, que me lo pregunto, sino que estoy así y de repente como que me viene esa sensación, como que me empiezo a ver de afuera, veo la situación de afuera y me juzgo, como si me preguntara. Pero es más bien como una forma de pensar, no sé, de proyectar en el mejor de los casos. No digo que haya que definir algo, ni en pedo, pero bueno, en un momento hay una serie de cosas que se van acumulando y entonces de repente yo me pregunto. ¿Pero estamos de novios? O ¿yo quiero estar de novia? Por ejemplo, desde hace fácil una semana que hablamos todos los días por teléfono.

–Pero vos me llamaste.

–Sí, bueno, por eso, yo no te lo estoy echando en cara, ¿eh? Yo no digo que seas vos, lo que digo es que hablamos todos los días y bueno, nada, yo no puedo evitar preguntarme ¿pero yo estoy de novia con este pibe? ¿Entendés? Tiene como que ver con el compromiso, no es que yo necesite saber, pero de repente me pregunto si mis acciones son consecuentes con mis sentimientos, como que me cuesta un poco tener acceso a mis sentimientos, no sé, es raro, y como también nos estuvimos viendo mucho.

–No sé, yo tenía ganas de verte.

–No, yo también tenía ganas, no es ése el tema… Lo que pasa es que yo no te puedo dar ninguna garantía, eso te quería decir más que nada, que no te puedo dar ninguna garantía, porque siempre me fascino mucho al principio pero después se me pasa, eso es lo que pasa, ¿entendés? Y por eso quería decírtelo, porque si no después el otro queda pagando y como está todo bien con vos, quería que lo supieras. Es eso más que nada, como que me cuesta darme bien cuenta si una situación está buena o no de verdad, ¿entendés? No buena, digo, bah sí, buena, como saber realmente si es eso lo que quiero, como saber si es verdad, no sé si a vos te pasa.

–¿Qué?

–Lo que te digo, no sé, que te dé miedo lo que te pasa, no sé, no saber. Que por momentos estás bien y estás contento y decís mmm sí esto es algo y le das para adelante y estás bien, y después de repente hay como algo que no está bien, como que mirás de afuera, como que puedas dejar de pensar que el otro es lo que pensás que es, como que se te desvanezca, no sé, que te deje de gustar.

–¿Que me deje de gustar qué?

–Yo.

–Ah, sí, claro que me pasa.

–¿En serio? Qué horror… Bueno, mejor.

–Porque a vos te pasa.

–Sí, claro, todo el tiempo. Bah, no sé si es eso exactamente, es eso en parte, pero no es sólo eso, es como si eso fuera consecuencia de otra cosa, no sé, creo, bah, lo estoy pensando ahora… Qué bueno, a mí me pareció que eras medio así, como jodido, como que un par de zapatos equivocado o una mala combinación de colores puede ser le[1]tal… ¿no? No te rías, boludo, es así. ¿O no?

–Bueno, no sé si tanto como eso pero sí, pienso que podés dejar de gustarme.

–Si el otro día en el bulo espantoso ese, ni bien nos vimos, yo me di cuenta que me miraste como con cara de “qué secretaria fisurada” y me abrazaste en seguida porque no me querías mirar. En serio, no me digas que no fue raro.

–Sí, pero era obvio que iba a ser raro después de esos días sin vernos.

–Sí, bueno, ya sé, pero me re di cuenta de lo de la secretaria fisura.

–Qué boluda, no pensé eso, no pensé secretaria fisura, parecías más bien rumana.

–¿Rumana? ¿Por qué rumana?

–No sé, por la ropa. Igual parecés un poco rumana.

–¿Qué tenía puesto?

–No sé, pero estabas rumana.

–Qué forro… Tenía puesta una pollera con flores, ya me acuerdo, y las sandalias. No, pero no parecía rumana, qué malo.

–No sé, yo pensé que parecías rumana.

–Qué forro… No sé. Bueno, no importa, ¿en qué estábamos? Ah, sí, bueno, nada, más o menos eso es lo que te quería decir. Que a veces me pongo a pensar y no puedo evitar preguntarme, vas a pensar que es grasa, pero bueno, es así, no puedo evitar preguntarme, no sé, estoy en una situación y me pregunto ¿Es esto el amor? O más tipo: ¿Esto es amor? Y es eso, es como lo que te decía, que me viene de afuera, y no tiene que ver con vos y me gustaría no preguntármelo, pero no puedo evitar hacerlo porque después durante un tiempo te hago la madre de tus hijos y después de un día para el otro desaparezco y listo, como que de repente decido que hay algo que no está bien, bah, como que ni lo decido, es como si me viniera de algún lado del interior, como que me viene de adentro algo que me dice esto no está bien y desaparezco y no sé, es una locura… Y ya sé cómo es, después el otro queda pagando y es un bajón, por ahí está bueno que este todo claro desde el principio.

–¿Pero tenés ganas de verme?

–Sí, obvio, ¿qué tiene que ver eso?

–No sé, yo no sé mucho más que eso tampoco. Además, la verdad que la semana pasada me sorprendí, porque eras vos la que llamaba… Yo no sé si somos novios o no, no sé qué somos, no me interesa mucho tampoco saberlo, qué somos, y todo bien, yo entiendo lo que me decís, o creo, puedo identificar esa sensación, como que te viene de afuera, todo bien, pero ya ese pedorreo sobre el amor, no sé si me interesa mucho entrar en eso, me parece que no me interesa y que es un poco engañoso. Y no sé, ya lo del otro día, lo de que te quedaste pensando, justo el otro día que estuvo medio choto, bah, que no cogimos muy bien, no sé, por ahí me equivoco, pero me parece que sos un poco resultadista.

–¿Resultadista? No entiendo qué me querés decir.

–No, nada, que ahora me decís estas cosas y fue justo la última vez que nos vimos que no pudiste acabar y entonces.

–Ay, qué boludo, ¿qué tiene que ver eso?

–Bueno, ponele que no tenga nada que ver, pero entonces es muchísima casualidad que me vengas con este planteo justo ahora, después de que no estuvo muy bueno la otra vez, porque la semana anterior habíamos estado a pleno.

–Sí, ya sé, pero igual lo de acabar olvidate, mirá si eso va a tener algo que ver, eso me chupa un huevo, mirá si eso me va a importar, qué boludo.

–Y entonces, ¿qué te agarró justo ahora?

–No, no es justo ahora, ése es el tema. No es justo ahora. Es algo que me pasa siempre y que no quiero que me pase más, ¿entendés? Me gustaría no tener que pensarlo tanto, pero después las cosas pasan igual y yo quiero que estés al tanto, que sepas que existe la posibilidad de que yo desaparezca, que convivas con eso. O que no convivas, por ahí convivir es mucho, pero no sé, que lo sepas, que lo tengas en cuenta, no sé, no te quiero quemar la cabeza.

–No, no me estás quemando la cabeza, está todo bien, igual no entiendo muy bien a qué viene.

–¿Cómo que no entendés a qué viene? ¿Qué es lo que no entendés?

–No, sí entiendo, está todo bien, olvidate.

–No, pero decime.

–No, no, ya está, no importa, no era nada…

–…

–…

–Che…

–¿Qué?

–¿Vos me querés a mí?

(aplausos)

—La cadencia y la musicalidad del diálogo es genial, ¿es especial para vos este libro?

—Es especial porque este libro tiene una contratapa de Juan Martini, que fue un escritor muy importante para mí, con el que yo hacía taller. Fue mi primer taller de la vida adulta. Lo contacté a él y fui a un taller grupal y después individual. Yo escribía estas cosas y era muy divertido llevarle esto a ese señor con bigotes en su casa frente al Botánico (risas) Era un tipo muy serio tratando de trabajar con esto y lo hacía con mucha seriedad. Me decía “Ella dice jajaja, debería ser ja con punto” (más risas) De hecho, gracias a Dios que me publicó Entropía, porque él los conocía. Eso fue como muy extraño. El primer impacto de que alguien crea que lo que estás escribiendo puede trascender tu cuaderno. Fue interesante el contraste con él, porque era un escritor de la vieja escuela de lo que “era ser escritor”. Alguien que vivía de sus libros y que tenía mucho publicado. Siento que la aparición de las editoriales independientes, que empezaron a publicar primeras novelas de autores nóveles, fue un cambio muy importante para el panorama literario. Antes tenías que ser, no sé, Alan Pauls para que te publicaran. O eras un gran escritor o no eras nada, eras amateur y tenías que autopublicarte tus libros. La idea de que alguien joven pudiera publicar una primera novela era imposible. Esa época de la aparición de las primeras editoriales independientes, para mí cambió todo. La FED es consecuencia de eso, con autores jóvenes, contemporáneos. Antes el escritor era “inmaculado”. Los de foto en blanco y negro en la contratapa de Anagrama. Además eran muchos más hombres que mujeres.

—¿Qué se viene ahora?

—Tengo algunos planes. Hay dos mujeres norteamericanas que tradujeron mis obras de teatro y creo que salen este año o el que viene, y me propusieron que haga una obra de teatro allá y estoy escribiendo para eso. Me entusiasma bastante y me divierte mucho. También estoy escribiendo unas columnas cada 15 días en elDiarioAR, y quizás con eso también hagamos un libro, porque son como “ensayitos” pero en primera persona y creo que hay material. Tengo una nueva película que escribí, pero ahora estamos en el baile del dinero, tratando de conseguir plata, así que la haremos cuando se pueda. Además, estoy escribiendo una novela desde hace un montón…

—¿De la novela nos podés decir algo?

—Es una primera persona pero de una niña, digamos pre adolescente, que vive con una mamá adoptiva en Córdoba. Le tengo que encontrar la vuelta todavía, porque hay algo que no estoy entendiendo y la tengo ahí medio trabada. Lo que me pasa con las novelas, es que como todo lo otro que hago tiene deadlines, lo priorizo por sobre la novela y entonces siempre va quedando última.

—Por último, ¿qué lee Romina Paula?

—Leo mucho contemporáneo, sobre todo mujeres. Hace poquito leí La Luz y la Montaña de Soledad Urquia y la última novela de Marina Mariasch. Ahora, llegando tarde a un fenómeno, estoy leyendo Desierto Sonoro de Valeria Luiselli. Leo sobre todo personas vivas y bastantes mujeres, argentinas especialmente, compensando mis lecturas de adolescente que eran rusos del siglo XIX.

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